Me esperaste. Te lo había pedido antes de viajar a Bolivia, te había dicho: "espérame, no te mueras sin mí" y eso hiciste.
Nos conocimos en 2016. Yo volvía a la colonia gatuna del Centro Deportivo El Canal después de cinco meses de ausencia. Había cambiado a los félidos por primates y volvía con la mente todavía instalada en la selva boliviana. A veces, cuando las saudades me invadían, ponía comida a los gatines y me sentaba a escuchar cómo chocaban las hojas de los árboles y me trasladaba por momentos a la vida de allá, rodeada de naturaleza y me parecía escuchar a los monos aulladores. Una de esas nostálgicas tardes, te vi. Eras ese gato bonachón, de cara triste, que venía a por comida, con el corazón roto por el abandono. Un gato institucionalizado, es decir, adaptado a la fuerza a la vida en la calle (aunque bien tratado por todas las personas que entonces estábamos comprometidos con daros buena vida), con carita de "no me queda otra".
En junio, te levanté en mis brazos y te acomodaste como agua en recipiente amable. Ese día me seguiste hasta la puerta porque pensabas que si yo había sido cariñosa contigo era porque te venías a mi casa. Casita era lo que extrañabas, lo que te hacía falta. Yo te expliqué que no podías acompañarme, que deberías permanecer allí, que no podía adoptarte porque tenía otros seis gatos. Y te quedaste desilusionado, como si fueras una víctima de estafa en forma de caricias.
Yo iba dos veces a la semana y te buscaba. Al entrar, me encontraba con ese otro gato amado, al que puse de nombre Coné, que me acompañaba todo el periplo como un perrito faldero. Tú y él se convirtieron en mis dos amores. Como eras especial, te puse de nombre Felipe, el hermoso.
Con la experiencia del engaño, ya no me acompañabas hasta la puerta, sino que te ibas quedando a medio camino y con el paso del tiempo, cada vez renunciabas siquiera a ir conmigo un par de metros. Seguro pensabas que p'a qué, si no me va a llevar. Un día de invierno en que hacía mucho frío, escuché unos maullidos atravesando la cancha de tenis, eras tú que me bienvenidabas, te levanté y abracé. Así era siempre: yo te cogía en brazos y tú te acomodabas cariñoso. Otra vez, no te vi al llegar y me puse muy ansiosa pensando que te había pasado algo, pero te encontré en una zona enrevesada y te llamé la atención como cuando las madres pierden a sus hijos momentáneamente en el parque. Pusiste carita de circunstancias y fuiste caminando cabeza gacha mientras te pegaba el rapapolvo.
Pero yo te quería en casa. Por eso fui planteando el asunto, como gota que cae en la piedra, hasta que conseguí crear un consenso respecto a tu adopción. Te llevaríamos al veterinario para constatar que no llevabas una enfermedad contagiosa y luego a casa si dabas negativo, si no, volverías a la colonia, lo cual me quitaba el sueño porque se repetiría tu abandono. Por suerte, eras un gato sano, salvo una infección en los oídos, no contagiosa, que era lo que te daba ese aire melancólico (en realidad, era dolor) y a casa fuiste a parar, a ampliar la colonia local.
Ese día era 23 de diciembre de 2016. Quedó solo Coné en el centro deportivo (desaparecería el 14 de febrero provocándome un dolor irreparable hasta ahora), sin tu amable compañía. Eras tan querido, que María, otra alimentadora, también había planeado recogerte. Le gané por pocos días.
Durante todos estos años has sido mimado, amado y has vivido como lo que eras, un rey. Hasta que en enero de 2023 enfermaste. Tenías problemas intestinales. Querían hacerte una biopsia, pero como ya eras un gato muy mayor (ya lo eras cuando te adopté), decidimos que no la hicieran, especialmente porque no despertarías de la anestesia total. Y yo no quería encarnizamiento médico. Ya estaban todas las cartas echadas. Te cambié de alimentación varias veces buscando la menos agresiva, pero nada pasó. Fuiste perdiendo peso hasta quedarte casi en los huesos. Busqué otros veterinarios y hasta fui estafada por una página supuestamente homeópata. Y así fue pasando el tiempo y tu salud, mermando.
Y llegó enero, cuando suelo viajar a Bolivia. No podía dejar de viajar a ver a mi familia ya que allá la salud de los míos también está muy precaria. Eran apenas 20 días, pero fueron unos días rarunos. Yo estaba con el corazón partido: una parte estaba con mi madre y mis hermanas y otra, contigo. Una incomodidad que me impedía ser yo al cien por cien. Esquizofrenia total.
Volví el miércoles 5 de febrero, de madrugada. Estuve unos minutos en casa porque tenía que ir a trabajar. Ya estabas muy mal. Cuando volví a las 4 casi agonizabas. Te puse en el sofá y me acosté contigo a acariciarte y a decirte cuánto te amaba (de lo cual no dudabas, me habías esperado). Éramos conscientes de que no aguantarías muchas horas por lo que decidí dormirte a las 7:30. Y así fue, cerraste tus ojos en mis brazos, rodeado de mi infinito amor.
Ahora tengo apenas una caja de madera con tu nombre en la tapa, tus cenizas en una bolsita y tu pata marcada en un trozo blanco, pero tu eterno recuerdo encerrado en mi corazón.
Tres de mis amores me han dejado en 14 meses: Manchitas, el Gordo y tú... y con cada uno siento que he perdido un mundo.
2 comentarios:
Que bonito 🥺
Qué hermoso y qué lindas imágenes que se transmiten en la escritura. Me emocionó
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