Vaya por delante que no soy una persona optimista. Soy del estilo pesimista pero positiva. Es decir, creo que todo se va p'al carajo, pero que todavía podemos hacer algo para no caer en el precipicio. Positiva o ingenua rayando en la tontada. Pero debo confesar que muchas veces el universo me ha facilitado la vida. Es decir, he llegado en el límite a presentar recursos, documentos, trámites, a bajar del avión a tiempo para recibir la llamada esa que te ofrece trabajo, puertas que se abren, contactos que aparecen, gente que encuentro sin esperarlo, lo cual me ha hecho ser de las que creen que el universo conspira a mi favor, la pronoia. Y eso que no creo en las babosadas de la autoayuda, esas que dicen que si te concentras mentalmente y deseas algo profundamente, seguritico que lo consigues. Todo ello para hacerte creer que todo depende de ti y no de la sociedad. Puro existencialismo barato, tipo película Matrix.
La historia que voy a contar pasó exactamente 18 días después de la muerte de mi madre. Esos días intermedios habían sido muy intensos y los viví como anestesiada. Ese viernes yo volvía de hacerme adaptar algunos de sus pantalones. Estaba satisfecha, habían quedado bien. Tomé el trufi que da vueltas por el segundo anillo, esos taxis colectivos de ruta fija. Cuando llegaba a la calle que da a la casa de mi madre, veo a un anciano que levanta la mano para parar el coche y el chófer lo ignora y se detiene para dejarme bajar unos metros más adelante. Estaba a punto de enfadarme con él por despreciar a este señor, pero tuve que salir corriendo porque vi que el hombre estaba cruzando la primera vía sin mirar. Me acerco y le digo que no podía cruzar de esa manera, porque luego del jardín hay cuatro vías aceleradas y lo más probable es que no llegara vivo al otro lado.
Me miró con esos ojos que tienen los perros callejeros, mirada ausente, fija en la supervivencia. Era un hombre alto que alguna vez fue guapo. Tenía facciones finas y un pelo y barba blanquísimos. Estaba muy delgado, tan delgado como bello en su ancianidad. Tenía la barba manchada de vómito y la ropa sucia. Vestía un traje que alguna vez debió lucir fino y de prestigio. Como los zapatos suelen por lo general dar la medida del estatus social, bajé la vista y no eran parejos, uno era un tenis y el otro un mocasín, ambos viejísimos. ¿Era un sintecho? Lo arrastré hacia mi calle, que tampoco es que sea una calle muy tranquila, pero al menos tiene un obstáculo destroza coches, que los obliga a disminuir su alocada carrera. Por mucho que le pregunté dónde vivía, no conseguí nada, así que lo llevé a la casa, lo senté en el patio y le traje un vaso de agua, ya que hacía mucho calor.
Ante mis constantes preguntas, me dijo que vivía en la Tres Pasos al Frente, a unos 600 metros. Salí con él, bajo un sol inclemente y fui preguntando casa por casa, negocio por negocio, si alguien lo había visto. Nadie. Le insistía para indagar quién era, pero su mente hacía mucho que había decidido viajar a otros mundos. Me dijo un nombre que ahora no recuerdo puesto que la mía, mi mente, también estaba en otras cosas. Lo que me llamaba la atención es que cuando veía a alguien joven, le llamaba "¡chico!", como si reconociera a alguien de su azarosa vida.
Cuando volvíamos a casa, porque no conseguía nada más que asolearme, miré hacía arriba y dije: "universo, ¿por qué me haces esto? Ya he enterrado a mi padre y a mi madre, no puedo hacerme cargo de nadie más, ¡que me voy mañana a España!". El pobre hombre me pregunta "¿con quién hablas?". Lo miré con tristeza, me sentía atrapada en un laberinto sin salida.
Ya en casa otra vez, intenté ponerme en contacto con una concejala del Ayuntamiento de Santa Cruz, pero luego me enteré de que estaba en una reunión, cuando me devolviera la llamada sería demasiado tarde. No sabía qué hacer. En un determinado momento, el hombre se levanta y me dice "me tengo que ir". Como yo no podía repetir el periplo nuevamente y tomando en cuenta que si lo dejaba ahí retenido podría considerarse un secuestro, con todo el dolor de mi alma, le abrí la puerta. He salvado animales abandonados, he intentado ayudar al que me lo ha pedido, pero esto ya superaba lo posible y será una carga que llevaré conmigo, amparada en el estante de las decisiones que no tomé a tiempo o las palabras que debía decir pero nunca dije.
Y como en uno de esos capítulos de una serie distópica, escucho a un chico que le pregunta "señor, ¿usted vive en esta casa?" Pensé dentro de mí, el problema ya está en otro tejado.
Le hice esta foto para no olvidarlo intentando preservar su dignidad.
¡Puto universo!

