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14.2.18

Por qué occidente alaba a Malala pero ignora a Ahed?

Por: Shenila Khoja-Moolji *
Traducción: Yocelynn Olmos O.


Ahed y su madre Narimam

Ahed Tamimi, una niña Palestina de 16 años de edad, fue arrestada recientemente en una redada nocturna en su casa. Las autoridades israelíes la acusan de "agredir" a un soldado israelí y a un oficial. Un día antes se había enfrentado a soldados israelíes que habían entrado en el patio trasero de su casa familiar. El incidente ocurrió poco después de que un soldado le disparó a su primo de 14 años en la cabeza con una bala de goma, y después de que tirasen botes de gas lacrimógeno directamente en su casa, rompiendo ventanas.

Más tarde, su madre y su prima también fueron arrestadas. Las tres permanecen detenidas.

Ha habido una curiosa falta de apoyo por Ahed de los grupos feministas occidentales, de los defensores de los derechos humanos funcionarios del estado que de otro modo se presentan como proveedores de derechos humanos y campeones del empoderamiento de las niñas.

Las campañas de empoderamiento de las niñas en el Sur global son innumerables: Niñas Arriba, Niñas que se levantan, La cumbre de las Niñas 20, Porque yo soy una niña, Deja a las niñas aprender, La declaración de las niñas.

Cuando un miembro de Therik-e-Taliban disparó a la cabeza a la activista de 15 años Malala Yousafzai, la reacción fue crudamente diferente. Gordon Brown, el saliente Primer Ministro del Reino Unido, emitió una petición llamada “Yo soy Malala” mientras que la UNESCO lanzó la campaña “Levántate por Malala”.

Malala fue invitada a conocer al presidente Barak Obama, también al Secretario General de las Naciones Unidas, Ban Ki-moon, y se dirigió a la Asamblea General de las Naciones Unidas. Recibió numerosos elogios al ser nominada una de las 100 Personas más influyentes por la Revista Time y Mujer del Año por la revista Glamour al ser nominada al Premio Nobel de La Paz en 2013, y nuevamente en 2014, cuando lo ganó.

Representantes estatales tales como Hillary Clinton y Julia Gillard, tanto como prominentes periodistas como Nicholas Kristof hablaron alto para apoyarla.

Pero no vemos una campañas tales como #IamAhed o #StandUpForAhed que salgan en los titulares. Ninguna de las feministas usuales y grupos por los derechos o figuras políticas han emitido declaraciones apoyando o reprendiendo al estado israelí.  Nadie ha declarado un Dia Ahed. De hecho, Estados Unidos en el pasado incluso le negaron la visa para hacer un recorrido dando discursos.


Ahed, como Malala, tiene una historia sustancial de levantarse contra las injusticias. Ella ha estado protestando contra el robo de tierras y agua por los asentamientos israelíes. Ella ha soportado muchos sacrificios personales, ha perdido a su tío y primo a causa de la ocupación. Sus progenitores y su hermano han sido arrestados una y otra vez. A su madre le han disparado en la pierna. Hace dos años, otro vídeo sobre ella se convirtió en viral, entonces ella estaba tratando de proteger a su hermanito de ser arrestado por un soldado israelí.

¿Por qué Ahed no es beneficiaria del mismo llamamiento internacional como Malala? ¿Por qué la reacción hacia Ahed ha sido tan diferente?

Hay múltiples razones por este silencio sordo. La primera entre ellas es la extendida aceptación de la violencia estatal sancionada como legítima. Mientras las acciones hostiles de actores no estatales como los Talibán o los guerreros de Boko Haram son vistos como fuera de la ley, la misma agresión proveniente de un Estado es a menudo considerad apropiada.

Esto no sólo incluye formas abiertas de violencia tales como ataques de drones, arrestos ilegales y brutalidad policial, pero también los menos obvios asaltos como los de la distribución de recursos como tierras o agua. El Estado justifica estas acciones presentando a las víctimas de las injusticias como amenazas al funcionamiento del mismo.

Una vez declarada la amenaza, el individuo es fácilmente reducido a la vida desnuda, una vida sin valor político. El filósofo italiano Giorgio Agamben ha descrito esto como un tiempo/lugar sancionado por el poder soberano donde las leyes pueden ser suspendidas; estos individuos pueden por consiguiente ser un blanco de la violencia soberana. Los terroristas a menudo caen en esa categoría. Además, la ejecución de los sospechosos de terrorismo con ataques de drones sin un proceso judicial debido no es seguido de mucho alboroto público.

La policía israelí ha desplegado una estrategia similar aquí. Ellos han argumentado para extender la detención de Ahed porque ella “supone una amenaza” a los soldados (representantes del Estado) y podría obstruir el funcionamiento del Estado (la investigación).

Dar visibilidad a palestinos desarmados como Ahed –quien simplemente estaba ejerciendo su derecho de proteger el bienestar de su familia con toda la fuerza que puede tener la mano de una niña de 16 años- de la misma manera que un terrorista es inconmesurable. Tal marco abre el camino para autorizar la tortura excesiva –el ministro de Educación israelí, Naftali Bennet, por ejemplo, desea que Ahed y su familia “terminen sus días en prisión”.
Ahed, de 11 años, llora por la muerte de su familiar, Rushdi Tamimi, quien fue disparado por las fuerzas israelíes durante las protestas de noviembre de 2012 (Reuters, Mohamad  Torkamon)

El sufrimiento de Ahed también expone el humanitarismo selectivo de occidente, en el cual sólo particulares cuerpos y causas merecen el valor de intervenir.

La antropóloga Miriam Tickin argumenta que mientras el lenguaje de moralidad para aliviar el sufrimiento corporal ha venido a ser dominante en las agencias humanitarias hoy, sólo un particular tipo de sufrimiento corporal merecer recibir esta atención. Esto incluye el excepcionalmente cuerpo femenino violado y el patológicamente cuerpo enfermo.


Esta noción de sufrimiento normaliza los cuerpos de los trabajadores y explotados: “estos no son la excepción, pero sí la regla, y por lo tanto son descalificados.''

Problemas como desempleo, hambre, amenaza de violencia, brutalidad policial y denigración de las culturas no son consideradas, por lo tanto, merecedoras de una intervención humanitaria. Tales formas de sufrimiento se ven como innecesarias e incluso inevitables. Ahed, de esta manera, no entra en el ideal de víctima sujeto de una defensa transncional.

Además, niñas como Ahed que critican los asentamientos coloniales y articulan perspectivas de cuidados comunitarios no son la feminidad empoderadora que Occidente quiere valorizar. Ella busca justicia contra la opresión más que un empoderamiento que la beneficie sólo a ella.

Su feminismo es político, más que otro centrado en productos y sexo. Su poder de niña amenaza con revelar la fea cara del colonialismo de los asentamientos, y por lo tanto es marcada como “peligrosa”. Su coraje y falta de miedo representan vivamente todo lo errado de esta ocupación.

La difícil situación de Ahed debería impulsarnos a interrogarnos sobre nuestro selectivo humanitarismo. Individuos que son víctimas de la violencia estatal, cuyo activismo destapa los vicios del poder, o aquellos derechos que defienden los centros comunitarios de cuidados, merecen ser incluidos en nuestra visión de justicia.

Incluso si no lanzamos campañas por Ahed, es imposible que podamos escapar a su llamada de debilitación en masa, de desplazamiento y desposesión de su gente. Como dijo Nelson Mandela, “Nosotros sabemos muy bien que nuestra libertad es incompleta sin la libertad de los palestinos”.

*Shenila Khoja-Moolji es investigadora de género, Islam y estudios de la juventud.
Publicado por Al Jazeera: http://www.aljazeera.com/indepth/opinion/west-praising-malala-ignoring-ahed-171227194606359.html

 
 

5.6.09

Tiannamen

La noticia apareció en una de las páginas interiores del mermado periódico "Granma". No recuerdo bien la fecha, pero habrá sido tal vez un día como hoy, 5 de junio. Tampoco recuerdo con precisión lo que decía pero, en apenas cinco líneas, perfilaba lo sucedido en Beijing al amanecer del día anterior. Tenía más contenido lo que obviaba que lo estaba escrito. Por eso recuerdo la sensación de terrible pérdida que fue apoderándose de mí. Ya en esas épocas, le había perdido todo el respeto al pensamiento único y se me había instalado el sentido crítico y la percepción de que los políticos, vinieran de donde vinieran, siempre mentían.
Lo de Tiannamen sólo fue la constatación de que todos los regímenes, cuando se anquilosan, se convierten en peligrosas sectas que te absorven no sólo la vida, sino la palabra, el pensamiento y el espíritu. Capaces de aceptar sin asco, extremos como la invasión de Praga, la de Panamá o Bagdad; o masacres como la del Chile de Pinochet o la de Beijing.
Es que claro, con la dictadura de Pinochet, hubo muertos, torturas, se quemaron libros, se prohibió la libertad de expresión, hubo miles de exiliados. Con la revolución cubana en cambio..., vaya, ¡qué coincidencia!
Sin embargo, por mucho que a algunos les resulte fácil encontrar los puntos en común entre Castro y Pinochet, es un ejercicio que no lo puede hacer todo el mundo. Cuesta mucho para el que se denomine de izquierdas (que es mi caso) reconocer que en nuestro patio ocurren las mismas cosas que criticáramos cuando estaban los intereses de Estados Unidos, por ejemplo, en juego.
Reconozcámoslo, la izquierda se ha convertido en una peligrosa secta y yo he padecido muchas veces estas prácticas sectarias. Una vez, en una reunión en Roma, una chica ecuatoriana se levantó a gritarme sólo porque después de zamparnos una pizza le comenté al chico de al lado que para el Encuentro de Mujeres en Beijing habían asesinado a varios ladrones para que nadie se atreviera a robarles a las visitantes. Ella me emplazó a gritos a que contara lo que de verdad hacía Estados Unidos (sic). En esa estúpida tendencia del "tú más", que pretende borrar los errores de nuestros "supuestos" amigos con los de nuestros "supuestos" enemigos, cuando la realidad asigna culpas al que se las merece, en la orilla en la que se encuentre.
Ayer mismo recibí un artículo de una persona conocida que critica el hecho de que la prensa boliviana le hubiera dado tanta cobertura a lo sucedido con Marcial Fabricano o Víctor Hugo Cárdenas, mientras calla la existencia de esclavos en ciertas zonas del país y otras tropelías que cometen los grandes hacendados. Razón la tiene, pero justicia le falta. Uno no niega al otro. Es cierto que los chicotazos eran una práctica del mismísimo Marcial Fabricano, y como si se fundamentara bíblicamente habría recibido su propia medicina. Lo cual no está bien, porque debemos optar por la legalidad universalmente sancionada, y este hecho debe ser objetado desde la propia izquierda si no queremos perder la legitimidad de la palabra. Sorprende y preocupa que incluso en la web del Ministerio de Justicia se encuentren los argumentos "jurídicos" (sic) para tan bárbaro castigo.
Hace unos años una persona muy querida tuvo un incidente bastante traumático en una visita que hizo al Chapare. Es una mujer rubia, de ojos verdes y muy guapa. Cuando estaba paseando por el pueblo, los indígenas la acusaron de ser agente de la DEA y sin ninguna prueba, más que el prejuicio por su apariencia, procedieron a intentar lincharla. Si no hubiera sido porque su amiga tuvo la feliz idea de inventarse que en realidad ella era la amante del narcotraficante de turno, lo cual hizo que la multitud desapareciera en segundos y ellas aprovecharan para huir antes de que se descubriera la mentira, esta persona hubiera terminado sus días colgada de un árbol. Esa es la justicia comunitaria y no otra. Una rápida asamblea había decidido el destino de esta persona, sin pruebas y sin derecho a la defensa. Si estamos dispuestos a aprobar esto, tenemos que ser conscientes de que, como en la inquisición, el día de mañana, cualquiera, incluso los mismos masistas, puede ocupar el lugar del acusado y ahí estaremos los de siempre intentando salvarle el pellejo.
Estos últimos sucesos me han generado algunas preguntas: ¿hasta dónde estamos dispuestos a llegar para seguir perteneciendo a la progresía? ¿Cuántos sapos tenemos que tragar? ¿De cuántos crímenes tenemos que ser cómplices? ¿Hasta dónde debemos callar?
Contesto: sigo siendo de izquierdas, por mucho que critique a los que se lo merecen, se llamen Castro, Chávez, Ortega o Morales. No me van a embargar la voz. No di un cheque en blanco porque no creo en la infalibilidad de nadie. Que apoyaré todas las políticas que contribuyan a la igualdad y a la justicia, pero estaré en contra de las que socavan los principios que me sustentan. Porque soy aún más de izquierdas cuando aporto con mi crítica, evitando con ello que caigamos en el precipicio del pensamiento sectario, que modula no sólo lo que dices sino tu forma de vida y que nos acerca peligrosamente a las fronteras de la religión. Que mucho me ha costado salir de ella como para que ahora vuelva a meterme en una parecida, aunque con otra coartada.
Y llámenme gusana, revisionista, pequeño-burguesa..., pero no me ubiquen a la diestra de nadie, porque creo nadie tiene en sus manos el izquierdómetro, ni el derecho de ubicar las piezas en el tablero.

Adopciones o el dios de las pequeñas cosas

 Miré el frutero y lo cierto es que me gustó muchísimo. Por alguna extraña razón, me recordaba a algo de mi infancia. Indefinible y constata...