12.8.26

Duelo, manual de supervivencia

Cosas que aguantar 

1. Imperativo universo. En los momentos en los que me toca perder a alguien amado, siempre recuerdo la muerte de Beatriz Viterbo. Descrita con la maestría de siempre por el gran Borges en su cuento El Aleph, después de una imperiosa agonía que no se rebajó un solo instante ni al sentimentalismo ni al miedo, el protagonista notó que las carteleras de la Plaza Constitución habían renovado el anuncio publicitario. Tal hecho le dolió porque comprendió que el incesante y vasto universo ya se apartaba de ella y que ese cambio era el primero de una serie infinita.

Es lo que notamos todos nada más perder a alguien. No sólo el sol se empeña en salir, ocurren cosas que se van añadiendo a esta separación eterna sin respetar tu dolor: un Mundial de fútbol, un par de Toures de Francia, el eclipse total, decenas de películas estrenadas, un verano de infierno, dos terremotos y un largo etcétera de una realidad que se impone, aunque lleves por dentro un vaivén de emociones que nadie entiende, porque mayormente tratas de disfrazarte como si nada hubiera pasado. Pero a veces te ríes, disfrutas el instante, aunque enseguida la tristeza te devuelve a tu sitio.

2. Cosas que faltaron: El beso que no te di se me ha vuelto estrella dentro... Ayer recuperé aquella ciudad de la cual no nos acordábamos el nombre. Encontré el documento que certificaba qué universidad me había aceptado en Brasil, pero ya no tengo a quién decírselo. Como no tengo quién aguante la llamada de cada día a las 9, no tengo a quién contar cosas que sólo ella era capaz de comprender, porque me conocía de siempre y sabía de mis reacciones, y las entendía porque para eso están las madres.

Charlas inconclusas, cuentos a los que debí poner más interés, cosas que no terminé de hacer/decir. ¿Debí haber abrazado más tiempo sus pies tan queridos? ¿Debí esperar a que se enfriara su cuerpo para abandonarla? ¿Por qué seguí la norma? Son imágenes que retornan todo el tiempo. Arrepentimientos varios. 

3. Impajaritables fases. No dejo de pensar en ella. Imagino que será parte del duelo. Ya pasé por la etapa de la incredulidad y de la rabia, ahora estoy en la del remordimiento. No sé cuál será la siguiente estación, pero seguramente también sobreviviré a ella, porque ya sabemos que somos capaces de soportar todo, fuerte maroma resistente a vientos y tempestades, aunque por dentro las fibras se vayan quebrando.

4. Los otros. Lo más curioso fue la reacción de la gente al saber que había muerto mi madre, la mayoría sinceramente empática, pero hay otros que lo intentan y sólo meten la pata: desde las que me dijeron que era ley de vida o quien pregunta primero la edad, como si una persona mayor fuera más descartable, su ausencia más soportable. Los entiendo, yo también hacía la misma pregunta, hasta que me pasó a mí. La gente no entiende que lo único que quiere el que ha perdido a un ser querido es que lo acompañen en el sentimiento. Hete ahí la frase mágica que se debe decir y nada más.  

5. Bienvenida la soledad y grandes dosis de Orf. Nada me causa encanto ni atractivo, en un eterno spleen muriendo vivo y, sin embargo, sigo haciendo mi vida, voy a trabajar, al gimnasio, al cine, veo a mis amigas, hablo largas horas por teléfono... Es decir, sigo viviendo y de eso se trata, pero el agujero negro que se ha inaugurado con tu partida va absorbiendo los restos de mi naufragio.

Parte de vivir... 

 6. A veces, la poesía...

El beso que no te di
se me ha vuelto estrella dentro…
¡Quién lo pudiera tornar
-y en tu boca… -otra vez beso!

Quién pudiera como el río
ser fugitivo y eterno:
Partir, llegar, pasar siempre
y ser siempre el río fresco…

Es tarde para la rosa.
Es pronto para el invierno.
Mi hora no está en el reloj…
¡Me quedé fuera del tiempo!…

Tarde, pronto, ayer perdido…
mañana inlogrado, incierto
hoy… ¡Medidas que no pueden
fijar, sujetar un beso!…

Un kilómetro de luz,
un gramo de pensamiento…
(De noche el reloj que late
es el corazón del tiempo…)

Voy a medir el amor
con una cinta de acero:
Una punta en la montaña
La otra… ¡clávala en el viento!

Dulce María Loynaz (Tiempo)

 

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