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28.9.26

Chinina, mi mona amiga

Conocí a Chinina gracias a haber tomado la decisión que cambiaría mi percepción de las cosas por siempre. Veréis, hay decisiones que cambian la trayectoria de tu profesión, de tus ingresos, de tu lugar de residencia, de tu vida, en fin. Hay otras que se toman porque sí y aunque no cambian tus condiciones materiales son como un rayo de sol después de meses de lluvia, te cargan de energías y dan el sentido a tu existencia aunque sea fugazmente.

Hace unos años me marché a Bolivia a trabajar con una agencia de viajes poseedora de un pedazo de paraíso llamado Serere Eco Reserve, una elección de la cual no me arrepentiría nunca. Claro que, muy yo, me fui a la aventura, sin seguro y sin saber cómo saldría aquello, sólo con una salud a prueba de todo y con un entusiasmo propio de quien no mide las consecuencias y sólo se restringe a vivir al día. Lo del seguro me di cuenta años después al recordar que la gente que me rodeaba había sido víctima de diferentes ataques: desde un alacrán que picó a una voluntaria, a varios boros (ese gusano que te inserta una mosca) en sendas personas, al chikunguya o a la leichmaniasis. A mí no me pasó nada del largo catálogo de cosas que te pueden pasar: desde todo lo mencionado ya, hasta que te pique una vívora venenosa, se te caiga un árbol en medio de la selva o se hunda el bote en el que viajas por el golpe de un árbol que viene con la palizada, aparte de que te dé dengue o zika.

Tuve suerte, un ángel aparte o muchas ganas de pasarla bien, lo que creó una burbuja protectora a mi alrededor. Todo esto me permitió conocer personas maravillosas, incluso peludas. 

En aquel diciembre, Discovery Channel grababa un capítulo de una de sus series en la reserva (da para otra entrada porque es largo de contar) lo cual le dio un regusto especial a la casualidad de estar por ahí.

El primer día que entré a la selva, Rosamaría, la dueña de la reserva, se molestó mucho porque los cámaras y los guías habían permitido que Chinina, una mona que vivía en una isla pudiera pasar en un bote hacia la zona dedicada al turismo. Se trataba de que el animal se reintegrara en la naturaleza que para eso tenía miles de hectáreas y que no dependiera de los humanos. Yo la había conocido un par de años antes y la verdad es que era una mona muy amable y cariñosa. Hasta cierto punto.

Chinina había adoptado a uno de los pequeños monos de los que se hacía cargo Rosamaría. Los cazadores mataban usualmente a las madres, para comérselas y cuando veían que estaban amamantando un bebé y para no sentirse tan miserables, se los entregaban para que ella se hiciera cargo, por lo cual era usual verla con un pequeño animal pegado a su cuello. Esta vez Chinina, sacando un irrefrenable instinto materno, se hacía cargo de uno de ellos. 

La cocinera les daba de comer a los pequeños primates y me dijo que no sabía si el que llevaba Chinina en la espalda había comido y yo, voluntariosa como soy, nada más verla acercarse a la puerta intento agarrar al monito y ella se da la vuelta y con una violencia inusitada empieza a morderme los brazos. Yo me quedé inmóvil con la impresión de que era lo mejor que podía hacer para evitar que me arrancara pedazos de piel o músculo. Lo hice instintivamente y a la larga demostró que fue la mejor idea. Sólo me dejó sendos moratones en los brazos y un respeto rayano al miedo. 

Uno de esos días, decidí ir a ducharme en una de las cabañas que estaba cerrada a los turistas porque tenía un hueco en el techo de palma. Deseaba disfrutar de la ducha en soledad y por eso, una vez se fue el equipo de filmación a la selva, caminé el kilómetro que separaba la Casa Grande de las cabañas y me metí en una de ellas. Terminé, me sequé y vestí y, cuando estaba saliendo, cuál no sería mi sorpresa al descubrir que Chinina se había apostado justamente en la puerta impidiendo mi salida. ¡Ups! Mi cerebro empezó a barajar diferentes opciones: dado que la patada voladora no funcionaría con ella, me senté en la cama a esperar que se fuera. A ver quién era más paciente. Al rato, se movió y se metió debajo de la cama. Yo me quedé quieta, pero cuando sentí que envolvía una de mis piernas con sus largos brazos, recordé la película Alien y decidí soltarla, levantarme, cerrar la puerta y salir corriendo. Yo sabía que ella podría fácilmente salir por el agujero del techo y darme alcance no muy lejos. No lo hizo y seguramente se estuvo riendo un buen rato de mí. 

Habíamos empezado mal la relación, lo sé, pero eso habría de cambiar. Ella tenía la costumbre de colarse en la cocina para robar fruta y comérsela. Era algo emocionante para ella. Metía su manita y abría el rudimentario cierre y se iba corriendo a la parte de la cocina a coger lo que pudiera. Todos los trabajadores y voluntarios solían gritar "monaaa" y salían a asustarla incluso con el palo de la escoba para que saliera. Una de esas veces estaba yo allí y vi toda la parafernalia para echarla del lugar y, sobre todo, vi el terror en sus ojos y tomé la decisión que cambiaría todo, sólo extendí mi brazo para que entendiera que había alguien amigo, ella captó el mensaje, vino corriendo y se colgó de mi cadera. Ese día empezó una de las amistades más hermosas que he tenido.

El tiempo que duró mi estancia en ese lugar era usual que nada más llegar, viniera Chinina a envolverme entre sus brazos. Yo correspondía, le acariciaba su duro pelaje, le daba besos. Nos amábamos sin ambages.

Cuando ya me marchaba definitivamente, entré por última vez a la reserva. Era consciente de que no volvería a caminar por esos lares, que no vería nunca más esos árboles, esos animales y esos lagos y, lo peor, que no volvería a sentir el cuerpo caliente de Chinina, por eso cuando ya me marchaba hacia el puerto, ella se acercó, yo la abracé llorando y ella me miró tal vez sin comprender lo que pasaba. Besé su cabecita varias veces y le deseé toda la suerte del mundo, especialmente que sobreviviera y que no terminara en el plato de nadie. Ella se bajó porque quería irse con los otros monitos pequeños. Yo empecé a andar y me di la vuelta a los pocos pasos, ella seguía ahí, mirándome. Unos segundos después, dio como un saltito y decidió irse con los otros. Yo interpreté que la naturaleza era tan sabia que atraía a sus hijos y que Chinina no me extrañaría porque finalmente era un animal salvaje. Esto hizo que sufriera menos por la despedida. Pero, meses después, cuando se lo contaba a mi hija, ella me dijo: O, tal vez, es que ella esperaba que volvieras, como siempre lo habías hecho.

Esa posibilidad me destrozó la vida... 

Recordarla y escribir sobre ella es homenajearla. 

 

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Conocí a Chinina gracias a haber tomado la decisión que cambiaría mi percepción de las cosas por siempre. Veréis, hay decisiones que cambian...