Le sucedió a la amiga de una amiga mía.
Vicenta llegó a Madrid en uno de esos vuelos que llegaban de Bolivia con mujeres y hombres en busca de El Dorado. Los que habían venido antes contaban las maravillas de tener un buen trabajo bien remunerado, a veces importaba que sólo estuviera remunerado. Lo más importante era que podían enviar las dichosas remesas que no sólo les daban techo y convertían en profesionales a sus hijos sino que alimentaban el paupérrimo PIB del país.
Como todos, también tenía deudas, al quedarse sin casa, había pedido un préstamo a una cooperativa de ahorro para recurrir a esa figura que creo sólo existe en Bolivia, el anticrético. Este consiste en que si alguien tiene una casa, departamento o simplemente un cuarto, lo cede a otra persona a cambio de dinero, que luego debe devolver cuando la persona se marche. Un quid pro quo en el que, por un lado, alguien obtiene un capital sin intereses y, por el otro, una persona/familia vive bajo techo sin pagar un alquiler. En este caso, Vicenta iba devolviendo el préstamo a la cooperativa y, a la larga, se quedaría con un pequeño capitalito.
Esa era su única deuda. Trabajando seis días a la semana de interna, sin horarios y atendiendo a personas mayores, no sólo le dio para sacar a sus hijos profesionales, sino también para pagar a la cooperativa y luego la construcción de una bella casa en un buen barrio de Cochabamba, algo que la llenaba de orgullo. Diez años de sacrificios se veían reflejados en esa construcción. Al menos no había sido en vano.
Los domingos eran para Vicenta sinónimo de libertad. Se conocía cada barrio de Madrid como la palma de su mano. Sabía qué metro o autobús tomar ya que mil veces se había subido en uno a manera de llenar esas largas horas de soledad. Pateaba la ciudad sin permitirse capitular ni un segundo. También sabía cómo comer con poco dinero (el Rodilla era su sitio favorito, con dos sándwiches era suficiente para llenar el buche), dónde estaban las ofertas de ropa o zapatos y cómo permanecer un día entero sin tener con quién hablar. De cualquier manera, durante la semana tampoco era que pudiera establecer una charla amable con sus contratadores, que la dejaban sola a cargo de sus padres/madres, a tal extremo que incluso había asistido en la muerte de dos de ellos.
Como es de imaginar, la gente que estaba a su cargo era de "posibles". Como tenía buenas recomendaciones alguna vez trabajó con el dueño de uno de los grandes periódicos, pero renunció cuando la despertaron a las 4 de la mañana para que portara el paraguas y los "señores", que venían de un viaje al extranjero, no se mojaran. Ese mismo día renunció.
Era muy digna y muy honesta. Otra vez trabajó con la dueña de una de las grandes empresas. Esta señora, con títulos nobiliarios, enseguida se dio cuenta de que estaba con una persona con estudios (Vicenta era ingeniera civil) y se interesó por su vida. Le pagaba bien pero sólo estuvo el mes que la "propietaria" del puesto había salido de vacaciones. Porque ella era así, no tomaba descansos porque su objetivo siempre era juntar dinero para llevar a casa. Ahorraba hasta el último centavo, la ventaja era que siendo interna no pagaba luz, agua, vivienda, comida, pero el precio era muy alto: estar encerrada en una casa, a los cincuenta años, como si fuera una cría o una presidiaria en tercer grado. No le importaba, tenía un objetivo y la claridad de saber cómo conseguirlo.
Había trabajado con todo tipo de gente: algunos muy respetuosos y, como es de esperar, con otros que la trataban con desdén por tener la apariencia de latinoamericana. Aunque era muy blanca, tenía los rasgos y estatura que evidenciaban su origen. Uno de sus últimos trabajos había sido para el riquísimo padre de una pareja de homosexuales un poco aporófobos, porque seguro que xenófobos no eran puesto que tenían amigos extranjeros, pero ricos. Vicenta no lo era, por ello, aprovechando que estaba el COVID rulando, pudieron darse el gusto de tratarla con guantes. Literal. Y otras cositas despreciables que los revelaron tan ruines como eran.
Tenía múltiples historias que contar, seguro que darían para un libro que levantaría ronchas de la clase media y alta de España. Ya quisiera alguien escucharlas, porque además cuando las contaba tenía un graciejo que te hacía desternillar de la risa. Lo último que le ocurrió cuando ya se marchaba "defintivamente" (volvió meses después) a su país, más que drama, tenía tintes de comedia, de la buena.
Fue en otra de las ocasiones en las que sus frugales e iguales amigas tenía que viajar a su país. Esta le preguntó si la podía sustituir durante un mes cuidando a una mujer con Alzheimer. Como es de imaginar, la familia se había desligado del asunto y para no tener remordimientos de conciencia, le pusieron un buen salario a la cuidadora y a seguir la vida cada uno, que para eso tenían dinero. Una vez se cercioraron que tenía buenas referencias y como venía recomendada por la "titular", no volvieron más por allí.
Después de explicarle el funcionamiento de la casa y de la señora y de prevenirla de cómo se trataba a una persona con esa condición y, antes de marcharse feliz de vacaciones, la amiga le enseñó la habitación donde iba a dormir. Cuando entraron, en el suelo había una docena de pares de zapatos metidos en una bolsa de basura. Ella le dijo que la hija de la señora le había dicho que los tirara, pero que si alguno le quedaba bien, "tú misma". Cuando Vicenta volvió a la habitación ya bien entrada la noche, miró la bolsa y estuvo tentada de tirarla en ese mismo momento, sentía que le restaba la dignidad suficiente como para no usar zapatos de segunda mano y que ella trabajaba justamente para eso, para comprarse sus propias cosas. Sin embargo, le entró la curiosidad de ver qué zapatos eran, tal vez la amiga habría elegido los mejores y le había dejado lo que ella no quería o estaban muy desgastados. Metió la mano y sacó el primer par: eran unas sandalias de Gucci. Madremía, pensó, son finísimas. Tenían mucho tacón, pero se las llevaría de regalo a su nuera, alguien tendría que disfrutarlas. Además evidenciaban poco uso. Así fue desgranando zapato a zapato, todos de fina piel, buena costura, buena marca y colores variados: marrones en todos sus matices, burdeos y blancos. Los fue colocando uno al lado de otro y la verdad era que eran todos preciosos. Se los fue probando uno a uno y mirándose en el pequeño espejo puesto en el suelo para ese cometido. Había dejado un par de botitas de tono camel, súper elegantes, para el final. Definitivamente, serían las primeras en entrar en su maleta, porque se notaba que no tenían casi uso, para ella o para quien fuera. Hizo un cálculo de cuánto dinero se habían gastado en los zapatos y probablemente superaban los mil euros. Se sintió feliz.
Sólo quedaba por ensayarse las botitas. Sentadita al borde de la cama, cogió la derecha, le abrió la cremallera y metió el pie. Algo lo atascaba. Por mucho esfuerzo que hiciera, no podía ponérsela. Pensó, seguro que tiene un relleno, así conserva la forma. Metió esta vez la mano y, cuál no sería su sorpresa al encontrar un objeto envuelto con varias bolsas. Fue quitando uno a uno los envoltorios y casi se cae del susto, adentro había un montón de joyas de oro: una cadena muy gruesa, estilo narcotraficante, tres esclavas variadas, una de ella con numerosos dijes colgando, cinco anillos muy gruesos, con piedras de diferentes colores y un prendedor de pelo con brillantes. Miró el calzado derecho y más de lo mismo. Lo juntó e hizo el cálculo, había más o menos medio kilo de oro y piedras. Tuvo la tentación de ir corriendo a despertar a la señora para contarle lo que había encontrado, pero la mente de la mujer hacía mucho que había viajado a otros mundos, seguro ni se acordaría que alguna vez tuvo esas joyas.
Surgió el dilema: ¿debería contarle a los hijos lo que había encontrado? ¿no acusarían de robo a su amiga y perdería el trabajo? ¿no era cierto que esos zapatos iban a terminar en la calle y probablemente en manos de un viandante? ¿no era mejor que se quedara ella con el tesoro?
Un mes después, se le aclararon las ideas y se acabaron las opciones, finalmente los valores no suelen coincidir con los principios. Los hijos no aparecieron durante todo ese tiempo. Su amiga volvió y ella no le dijo nada. Hizo sus maletas (había comprado otra para los zapatos), metió en su bolso de mano un atadito con un pañuelo colorido en el que portaba las joyas y que el destino había puesto en sus manos. De todos es sabido que no se puede renunciar a las bondades o maldades del destino. Finalmente, se lo había currado.
O al menos es lo que me contó mi amiga sobre su amiga. ¿O le ocurrió a ella misma? Nunca lo sabré y tampoco me siento capacitada para juzgarla.
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