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5.10.26

Adopciones o el dios de las pequeñas cosas

 Miré el frutero y lo cierto es que me gustó muchísimo. Por alguna extraña razón, me recordaba a algo de mi infancia. Indefinible y constatable memoria que me hacía desearlo. Cada sábado me esperaba un objeto de regalo. Su muerte era inminente y por ello iba dando en adopción lo que más apreciaba y no deseaba que terminara en la basura (supongo). Yo aceptaba todo sin discutir, sabía que la hacía feliz y se tranquilizaba al saber que iban a buenas manos.

Por eso no entiendo por qué cuando mi madre me ofreció unas botitas muy lindas, de buena piel, bonito color, yo le dije que no. Y es que no me di cuenta que estaba en esa etapa de las adopciones de las cosas preciadas. Todos sabemos que las joyas, las obras de arte y los objetos valiosos se colocan solos, los demás, los que tienen historia y valor sentimental hay que entregarlos en buenas manos o terminarán botaditos. No acepté los botines porque alegué que uso zapatos barefoot y de ello me arrepiento. ¿Qué más daba? Claro que ya es tarde para los arrepentimientos porque lo que haga ahora ya no tiene ningún sentido.

Suelen decirme que lo más probable es que me colección de miniaturas termine en el contenedor de basura cuando yo muera. Suelo responder que me da igual, que ya no será mi problema. Y es verdad hasta cierto punto, porque también guardo cuadernos escritos por mi padre y mi madre, las cartas de Julio y de otras personas (aunque de algunas no recuerdo quiénes son y probablemente sea yo la que las destruya), el suplemento dominical que escribía un amigo y que me regaló sin yo saber por qué (espero que tenga copia), el álbum de sellos cubanos y una serie de pequeños obsequios que sé que no tienen un dios que los proteja. Todo esto irá de forma separada, imagino, al contenedor verde (de vidrio), al azul (de papel y cartón), al amarillo (de envases), al de construcción (donde acaba todo), o al naranja (que vuelve al suelo que los parió), pero yo ya no estaré para sentirlo.

Lo que sí prometo es no poner en brete a nadie y no intentar repartir nada.

Estáis avisados y salvados. 

 

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