Es curioso investigar el origen de aquellas expresiones que nos acompañan en nuestro día a día. La mayoría provienen de refranes y algunas son usadas sin saber el por qué, pero cuelan y se entienden por todos. Estilo "irse por los cerros de Úbeda" para ilustrar cuando alguien habla sin sentido o, una que me gusta y que uso constantemente para evidenciar cuando alguien ha hecho alguna barbaridad digo, "se ha pasado tres pares de pueblos".
Hay una que usamos constantemente y que más que una metáfora, es una comparación casi exacta de un suceso con otro. Aunque nunca lo hayamos visto, lo asumimos. Cuando expulsan a alguien de un colegio, de un restaurante, de un sitio cualquiera; o lo despiden, lo cesan de un trabajo; o lo deportan (ahora que las deportaciones están de moda), decimos "lo echaron como a perro". Sé que en países donde los perros van con correa, ver expulsar a un perro a palos es algo difícil, no así en países como el mío, subdesarrollado por activa o por pasiva. Puedes quererlo mucho, pero reconocer sus defectos entra en el paquete.
A lo largo de mi vida, me han echado algunas veces, clasemediera sin privilegios al fin, pero eso no es lo central de este relato, si no mi incapacidad para reaccionar a algunos agravios. Padezco lo que se denomina "el espíritu de la escalera", es decir, las ideas de reacción se me ocurren varios días después, o meses, o años. Cuando descubrí que mi padecimiento tiene nombre, me sentí menos sola y menos idiota. Y daré algunos ejemplos que me fastidian aún ahora, alguno un poco insulso por lo que los pondré en la escala de los menos graves a los más graves:
1. Solía llevar mi vida en fotos, como las actrices (o las influencers actuales que lo tienen más fácil) y yo tenía una foto, tal vez una de las más bellas que he tenido nunca, y cometí el craso error de dársela a mi pareja de entonces. Cuando nos separamos, estuve a segundos de recuperarla, pero algo me frenó, a pesar de saber que él solía quemar las fotos de sus ex. Es algo que seguramente hizo puesto que la ruptura lo llevó a los extremos de la miseria humana, hasta dejó de comer y se llenó la boca de insultos y reproches. No hay nada peor que no saber salir de estos baches. Adiós foto en la Cárcel Modelo de la Isla de Pinos.
2. Salía de casa de una compañera de estudios y su hermana estaba furiosa y cogió a un gatito pequeño y lo estrelló contra el suelo. ¿Por qué razón cuando salí huyendo de su histeria, no rescaté al animal y lo metí en mi mochila?
3. En un mercado cruceño, vi a un pobre perro desfalleciendo de sarna, casi no se podía levantar. ¿Por qué no intenté rescatarlo y lo único que hice fue mirar para otro lado?
Son situaciones que son una carga para mí, sobre todo cuando veo a otra gente que tiene los mecanismos para actuar, para buscar respuestas, para hacer algo.
4. Hace unos meses, estaba en mi casa de Santa Cruz y vino el inquilino a pedirme disculpas porque había dejado entrar a un perro al patio ya que otro más grande le estaba dando una paliza. Fuimos a verlo y el pobre animal estaba escondido en un rincón, intentando recuperarse. Vino mi sobrina a ver cómo estaba y, como es veterinaria, le puso una inyección porque el animal tenía fiebre, tal vez debida a que estaba lleno de garrapatas. Como ella tiene otros perros a los que le ha costado dejarlos exentos de ese terrible insecto, sugirió sacarlo nuevamente a la calle para que no los infectara, algo que me horrorizó, pero yo no tenía ni voz ni voto porque pronto retornaba a España. Minutos más tarde, mientras revisaba el techo para prever las goteras, desde allí arriba pude ver cómo entre tres personas echaban al perro de la casa, ejemplificando la frase origen de este escrito.
Una vez más, un suceso de sumaba a esas otras frustraciones históricas que son pequeñísimos ejemplos de cosas que estuvieron de mi mano. Sé que a lo largo de mi vida he ayudado a personas y animales, en muchos sentidos, pero reconozco que cargo con estos mis "muertitos", como les llamo.
Cuando trabajaba en la Oficina de Asilo y Refugio redactando expedientes de asilo, un día al constatar que gente normal, buena, trabajadora, cuyo único problema era la pobreza (que no era motivo de asilo), era rechazada por el sistema, me puse a llorar. Entonces, mi jefe (una grandísima persona) me dio una lección de humildad y me dijo: No somos dioses, no podemos salvar a todos, pero hasta donde lleguemos, tratemos de hacerlo bien...
Demás está decir que, aún pudiendo, decidí no volver a trabajar allí.