30.3.25

Como a perro

 Es curioso investigar el origen de aquellas expresiones que nos acompañan en nuestro día a día. La mayoría provienen de refranes y algunas son usadas sin saber el por qué, pero cuelan y se entienden por todos. Estilo "irse por los cerros de Úbeda" para ilustrar cuando alguien habla sin sentido o, una que me gusta y que uso constantemente para evidenciar cuando alguien ha hecho alguna barbaridad digo, "se ha pasado tres pares de pueblos". 

Hay una que usamos constantemente y que más que una metáfora, es una comparación casi exacta de un suceso con otro. Aunque nunca lo hayamos visto, lo asumimos. Cuando expulsan a alguien de un colegio, de un restaurante, de un sitio cualquiera; o lo despiden, lo cesan de un trabajo; o lo deportan (ahora que las deportaciones están de moda), decimos "lo echaron como a perro". Sé que en países donde los perros van con correa, ver expulsar a un perro a palos es algo difícil, no así en países como el mío, subdesarrollado por activa o por pasiva. Puedes quererlo mucho, pero reconocer sus defectos entra en el paquete.

A lo largo de mi vida, me han echado algunas veces, clasemediera sin privilegios al fin, pero eso no es lo central de este relato, si no mi incapacidad para reaccionar a algunos agravios. Padezco lo que se denomina "el espíritu de la escalera", es decir, las ideas de reacción se me ocurren varios días después, o meses, o años. Cuando descubrí que mi padecimiento tiene nombre, me sentí menos sola y menos idiota. Y daré algunos ejemplos que me fastidian aún ahora, alguno un poco insulso por lo que los pondré en la escala de los menos graves a los más graves:

1. Solía llevar mi vida en fotos, como las actrices (o las influencers actuales que lo tienen más fácil) y yo tenía una foto, tal vez una de las más bellas que he tenido nunca, y cometí el craso error de dársela a mi pareja de entonces. Cuando nos separamos, estuve a segundos de recuperarla, pero algo me frenó, a pesar de saber que él solía quemar las fotos de sus ex. Es algo que seguramente hizo puesto que la ruptura lo llevó a los extremos de la miseria humana, hasta dejó de comer y se llenó la boca de insultos y reproches. No hay nada peor que no saber salir de estos baches. Adiós foto en la Cárcel Modelo de la Isla de Pinos.

2. Salía de casa de una compañera de estudios y su hermana estaba furiosa y cogió a un gatito pequeño y lo estrelló contra el suelo. ¿Por qué razón cuando salí huyendo de su histeria, no rescaté al animal y lo metí en mi mochila?

3.  En un mercado cruceño, vi a un pobre perro desfalleciendo de sarna, casi no se  podía levantar. ¿Por qué no intenté rescatarlo y lo único que hice fue mirar para otro lado?

Son situaciones que son una carga para mí, sobre todo cuando veo a otra gente que tiene los mecanismos para actuar, para buscar respuestas, para hacer algo.

4. Hace unos meses, estaba en mi casa de Santa Cruz y vino el inquilino a pedirme disculpas porque había dejado entrar a un perro al patio ya que otro más grande le estaba dando una paliza. Fuimos a verlo y el pobre animal estaba escondido en un rincón, intentando recuperarse. Vino mi sobrina a ver cómo estaba y, como es veterinaria, le puso una inyección porque el animal tenía fiebre, tal vez debida a que estaba lleno de garrapatas. Como ella tiene otros perros a los que le ha costado dejarlos exentos de ese terrible insecto, sugirió sacarlo nuevamente a la calle para que no los infectara, algo que me horrorizó, pero yo no tenía ni voz ni voto porque pronto retornaba a España. Minutos más tarde, mientras revisaba el techo para prever las goteras, desde allí arriba pude ver cómo entre tres personas echaban al perro de la casa, ejemplificando la frase origen de este escrito.

Una vez más, un suceso de sumaba a esas otras frustraciones históricas que son pequeñísimos ejemplos de cosas que estuvieron de mi mano. Sé que a lo largo de mi vida he ayudado a personas y animales, en muchos sentidos, pero reconozco que cargo con estos mis "muertitos", como les llamo.

Cuando trabajaba en la Oficina de Asilo y Refugio redactando expedientes de asilo, un día al constatar que gente normal, buena, trabajadora, cuyo único problema era la pobreza (que no era motivo de asilo), era rechazada por el sistema, me puse a llorar. Entonces, mi jefe (una grandísima persona) me dio una lección de humildad y me dijo: No somos dioses, no podemos salvar a todos, pero hasta donde lleguemos, tratemos de hacerlo bien...

Demás está decir que, aún pudiendo, decidí no volver a trabajar allí.

26.2.25

Felipe y el amor infinito


 Me esperaste. Te lo había pedido antes de viajar a Bolivia, te había dicho: "espérame, no te mueras sin mí" y eso hiciste. 

Nos conocimos en 2016. Yo volvía a la colonia gatuna del Centro Deportivo El Canal después de cinco meses de ausencia.  Había cambiado a los félidos por primates y volvía con la mente todavía instalada en la selva boliviana. A veces, cuando las saudades me invadían, ponía comida a los gatines y me sentaba a escuchar cómo chocaban las hojas de los árboles y me trasladaba por momentos a la vida de allá, rodeada de naturaleza y me parecía escuchar a los monos aulladores. Una de esas nostálgicas tardes, te vi. Eras ese gato bonachón, de cara triste, que venía a por comida, con el corazón roto por el abandono. Un gato institucionalizado, es decir, adaptado a la fuerza a la vida en la calle (aunque bien tratado por todas las personas que entonces estábamos comprometidos con daros buena vida), con carita de "no me queda otra".

En junio, te levanté en mis brazos y te acomodaste como agua en recipiente amable. Ese día me seguiste hasta la puerta porque pensabas que si yo había sido cariñosa contigo era porque te venías a mi casa. Casita era lo que extrañabas, lo que te hacía falta. Yo te expliqué que no podías acompañarme, que deberías permanecer allí, que no podía adoptarte porque tenía otros seis gatos. Y te quedaste desilusionado, como si fueras una víctima de estafa en forma de caricias. 

Yo iba dos veces a la semana y te buscaba. Al entrar, me encontraba con ese otro gato amado, al que puse de nombre Coné, que me acompañaba todo el periplo como un perrito faldero. Tú y él se convirtieron en mis dos amores. Como eras especial, te puse de nombre Felipe, el hermoso. 

Con la experiencia del engaño, ya no me acompañabas hasta la puerta, sino que te ibas quedando a medio camino y con el paso del tiempo, cada vez renunciabas siquiera a ir conmigo un par de metros. Seguro pensabas que p'a qué, si no me va a llevar. Un día de invierno en que hacía mucho frío, escuché unos maullidos atravesando la cancha de tenis, eras tú que me bienvenidabas, te levanté y abracé. Así era siempre:  yo te cogía en brazos y tú te acomodabas cariñoso. Otra vez, no te vi al llegar y me puse muy ansiosa pensando que te había pasado algo, pero te encontré en una zona enrevesada y te llamé la atención como cuando las madres pierden a sus hijos momentáneamente en el parque. Pusiste carita de circunstancias y fuiste caminando cabeza gacha mientras te pegaba el rapapolvo.

Pero yo te quería en casa. Por eso fui planteando el asunto, como gota que cae en la piedra, hasta que conseguí crear un consenso respecto a tu adopción. Te llevaríamos al veterinario para constatar que no llevabas una enfermedad contagiosa y luego a casa si dabas negativo, si no, volverías a la colonia, lo cual me quitaba el sueño porque se repetiría tu abandono. Por suerte, eras un gato sano, salvo una infección en los oídos, no contagiosa, que era lo que te daba ese aire melancólico (en realidad, era dolor) y a casa fuiste a parar, a ampliar la colonia local. 

Ese día era 23 de diciembre de 2016. Quedó solo Coné en el centro deportivo (desaparecería el 14 de febrero provocándome un dolor irreparable hasta ahora), sin tu amable compañía. Eras tan querido, que María, otra alimentadora, también había planeado recogerte. Le gané por pocos días.

Durante todos estos años has sido mimado, amado y has vivido como lo que eras, un rey. Hasta que en enero de 2023 enfermaste. Tenías problemas intestinales. Querían hacerte una biopsia, pero como ya eras un gato muy mayor (ya lo eras cuando te adopté), decidimos que no la hicieran, especialmente porque no despertarías de la anestesia total. Y yo no quería encarnizamiento médico. Ya estaban todas las cartas echadas. Te cambié de alimentación varias veces buscando la menos agresiva, pero nada pasó. Fuiste perdiendo peso hasta quedarte casi en los huesos. Busqué otros veterinarios y hasta fui estafada por una página supuestamente homeópata. Y así fue pasando el tiempo y tu salud, mermando.

Y llegó enero, cuando suelo viajar a Bolivia. No podía dejar de viajar a ver a mi familia ya que allá la salud de los míos también está muy precaria. Eran apenas 20 días, pero fueron unos días rarunos. Yo estaba con el corazón partido: una parte estaba con mi madre y mis hermanas y otra, contigo. Una incomodidad que me impedía ser yo al cien por cien. Esquizofrenia total. 

Volví el miércoles 5 de febrero, de madrugada. Estuve unos minutos en casa porque tenía que ir a trabajar. Ya estabas muy mal. Cuando volví a las 4 casi agonizabas. Te puse en el sofá y me acosté contigo a acariciarte y a decirte cuánto te amaba (de lo cual no dudabas, me habías esperado). Éramos conscientes de que no aguantarías muchas horas por lo que decidí dormirte a las 7:30. Y así fue, cerraste tus ojos en mis brazos, rodeado de mi infinito amor.

Ahora tengo apenas una caja de madera con tu nombre en la tapa, tus cenizas en una bolsita y tu pata marcada en un trozo blanco, pero tu eterno recuerdo encerrado en mi corazón.

Tres de mis amores me han dejado en 14 meses: Manchitas, el Gordo y tú... y con cada uno siento que he perdido un mundo.

20.12.24

Sin techo

 Ese domingo frío volvía a casa con la mochila a cuestas y me estaba preparando para buscar las llaves cuando lo vi. Un sintecho había elegido la ventana de la tienda de mi edificio para pasar la noche. No se le veía en sus cabales: había bebido alcoholes al grado de no darse cuenta de lo que hacía. Se estaba acomodando para pasar la noche en el suelo pelado, tapado apenas con una sábana y con los pantalones mojados. La última imagen que guardo de él es el movimiento torpe y lento que realizó para intentar taparse el hombro derecho con un pedazo de la tela blanca. Me quedé unos minutos mirándolo antes de entrar en el portal y un estremecimiento me sacudió de arriba a abajo de pensar que en la madrugada alcanzaríamos una temperatura bajo cero y que probablemente moriría congelado. De pronto, sentí que tenía la vida de un ser humano en mis manos y que si no hacía algo por él nunca me lo perdonaría. Llamé por teléfono a mi chico y le comenté lo que acababa de ver y él me dijo que él también lo había visto y que estaba pensando soluciones, que la calle era fría para él y que no quería imaginar cómo sería pasar la noche a la intemperie. 

Confiada en que le dejaba en buenas manos y como tengo que levantarme a las 6 de la mañana, pero consciente de que el asunto había evaporado el sueño, me tomé una pastilla y me dormí, no sin antes proponer como solución subir al pobre hombre a que pasara la noche en nuestro sofá. 

Cuando al día siguiente bajaba en el ascensor para ir al curro y como no conocía el desenlace de la noche anterior, me sentía alterada, nerviosa, ante la posibilidad de encontrarlo aún allí. No estaba. Más tarde, me enteré de que mi chico había estado hasta las dos de la mañana esperando que el SAMUR social pasara a recogerlo para llevarlo a un albergue. Mientras tanto había conversado largamente con el protagonista y así se enteró que el alcoholismo lo había conducido al divorcio y a dar con sus huesos en la calle. Llevaba diez años viviendo de esta manera y cuatro días en un Madrid en el cual el invierno empieza a dar sus violentos coletazos. La noche, esa noche, tenía solución: dormiría abrigado. ¿Las demás? Es fácil imaginarlo.

Esa misma mañana, en el metro de las siete y media, poblado de curritos entre los que me encontraba, me di cuenta que los pasajeros evitaban sentarse en una zona específica del vagón. Allí dormía otro sintecho. Se lo notaba cansado, probablemente tampoco a él el frío le había dado tregua esa terrible noche. Llevaba entre las piernas una desgastada mochila, una ropa brillante de mugre, el pelo duro, la piel pegada a los huesos y las facciones surcadas como un mapa orográfico. Olía, es verdad, pero no tanto como para no acercarse. Me senté frente a él y empecé a cuidar su sueño. En las breves cuatro paradas que me llevan a mi destino, no quería que nadie le quebrara el descanso.

Ojala sólo fueran esos dos. Cada día les veo colarse como gotas de rocío entre la gente, intentando pasar desapercibidos, como si fueran culpables de algo, de ser pobres, de no tener casa, de recorrer la ciudad sin rumbo para gastar las horas, hasta llegar a la helada noche en invierno, o la calcinante acera en verano.

Por alguna razón que tendrá, imagino, una explicación, la gente se alegra cuando nieva. Soy de región tropical así que alguna vez este meteoro me provocó ganas de bailar y dar vueltas mientras los copos blanqueaban mi ropa y mi pelo. Eso fue hasta ese día en que las estrellitas blancas empezaron a caer y yo no pude terminar el estribillo ese de "ay, qué bonita que es la vidaaaa" porque lo vi: un sintecho pasaba a mi lado con su maletita a cuestas. ¿Dónde iba? Seguro que no le esperaba una casa calentita, una taza de chocolate y el mando de la tele, sino el errático deambular hasta que todo pasara.

Pienso que si cambiamos de perspectiva y lo vemos desde sus zapatos cansados seguramente no son ellos los que se han insertado de forma irregular en nuestro perfecto mundo, sino que somos nosotros los que invadimos de día unas calles que durante la oscuridad son sólo suyas y, más bien, somos los advenedizos, los ajenos, pobres criaturas ciegas, sordas y mudas. Someros.

15.8.24

Erick y el tiempo

 Nunca es fácil escribirle a los amigos que se han ido y ya tengo una edad en la que me ha tocado despedir a muchos. El lunes 5 me llamaron del hospital para decirme que habías tenido una parada respiratoria y yo ya supe (lo supe cuando vi que la llamada era a una hora inesperada) que ya nada se podía hacer por ti, por lo que no me hacía falta la segunda llamada (a los 20 minutos) para certificarlo. 

Fuimos a verte una vez más. Llevábamos nueve días tomando varios metros y un autobús en medio de la nada, de una parada que alcanzaba los 47 grados, para ir a verte la media horita que nos permitían. Era cuando yo te hablaba y te decía que te esperábamos todos, tus otros amigos gatos y nosotros. Pero media hora de amor no era suficiente para tapar todo el dolor que te provocaban las intervenciones médicas, justificables porque intentábamos todo -los veterinarios y nosotros- para salvarte. Pero tu pobre cuerpecito, invadido por sueros y sondas no pudo más. El día domingo 4 ya llorabas de dolor y no supe/no quise darme cuenta que esa era la despedida. El día lunes ya te encontré muerto. 

Mi chiquito estaba ya frío cuando llegué. Ese chiquito que había llegado hacía nueve años de manos de una amiga de Irma. Ya era gordito porque comía las sobras del comedor de la residencia de estudiantes Chaminade. Blanquito y peludito, pero lo más importante, con una impronta de humano que lo convirtió en un gato especial. A veces lo llamábamos perrigato porque tenía la mansedumbre y el acoplamiento de un perro. Siempre detrás nuestro, luego encima, o en tu cabeza, pidiendo caricias, ronroneando, siendo nuestra constante, la necesaria en la ecuación de nuestras vidas. 

Ocupabas mucho espacio, he ahí por lo cual tu ausencia es tan manifiesta. Un vacío imposible de llenar.

Me ha costado escribir esto porque a pesar de que soy de las que tiene siempre un plan B y hasta un C, no contaba con tu muerte, esperaba al miércoles porque -estúpida e ingenua de mí- juraba que ese día te daban el alta. Por eso me ha pillado con el pie mal puesto y se me han quebrado todos los huesos del alma y ya no puedo andar como siempre. Desgalichada y ausente hasta que el duelo se me haga callo.

Va pasando el tiempo y el tiempo me aleja de ti. Han transcurrido 10 días desde que te abracé por última vez, por lo que las sensaciones de tu piel, tus olores, tus sonidos, se van perdiendo entre los minutos y los segundos te van llevando a la distancia, hasta que se confundan con otros. Siendo tú tan especial, tan nuestro, te vas.

¿Dónde irá a parar tanto amor? Nuestro amor se ha quedado encallado, varado, congelado, esperando la cita fallida en una esquina, sin saber qué hacer, qué rumbo tomar. Estupefacto. 

Teníamos tanto amor reservado para ti... que no sé dónde depositarlo.

 Mi chiquito, mi gordo gordito...



 



30.6.24

Otro 30 de junio sin Lizandro

 Cada treinta de junio, desde que partiste, es un golpe con cristales rotos, un tren parado a las tres de la madrugada en un páramo frío, una tentación de volar al vacío, un sinónimo de ausencia, soledad, nostalgia.

Son nueve ya. Y en todos estos años, tu recuerdo ha sido constante e imborrable, como si el tiempo, lejos de borrarte, se empeñara en traerte cada día. Y es que cuando has amado a alguien, el amor se mantiene imperturbable, a pesar de las separaciones. 

Y yo te hablo y te pido favores, porque siento que estás conmigo. Tal vez sea una manera de mantenerte vivo, no lo sé, pero me ayuda a conjurar otras ausencias. Ya sabes que no creo en santos ni aparecidos, pero sin embargo, en esos momentos en que necesito un ángel que proteja a mis bienamadas, te hablo y te digo: querido Lizandro, cuídalas.

Dice Jeff Dune, doctor en física nuclear, que existimos más allá de lo físico, que la noción del tiempo y el espacio son solo herramientas que nos ayudan a dar sentido a nuestras experiencias, pero que el Yo no está limitado por el tiempo, que hay evidencias de que la conciencia no es el resultado de la forma física, que la conciencia no depende de lo físico para su existencia. Y que es algo que dice la física moderna.

Mira tú, los budistas lo sostienen desde hace milenios, y Brian Weiss, lleva lustros desde la psicología diciendo lo mismo. 

Esto para decirte que, tal vez algún día nos volvamos a encontrar. Finalmente, todos vivimos camino del cementerio, como dice la canción.

En el mientras tanto, este domingo triste y nublado, mi corazón se esparce desordenado, sin voluntad de recuperarse...

Este domingo triste pienso en ti dulcemente
y mi vieja mentira de olvido, ya no miente.

La soledad, a veces, es peor castigo...
Pero, ¡qué alegre todo, si estuvieras conmigo!

Entonces no querría mirar las nubes grises,
formando extraños mapas de imposibles países;
y el monótono ruido del agua no sería
el motivo secreto de mi melancolía.

Este domingo triste nace de algo que es mío,
que quizás es tu ausencia y quizás es mi hastío,
mientras corren las aguas por la calle en declive
y el corazón se muere de un ensueño que vive.

La tarde pide un poco de sol, como un mendigo,
y acaso hubiera sol si estuvieras conmigo;
y tendría la tarde, fragantemente muda,
el ingenuo impudor de una niña desnuda.

Si estuvieras conmigo, amor que no volviste,
¡qué alegre me sería este domingo triste!

José Ángel Buesa

 


27.6.24

No, no basta

Hace unos años, cuando vivía en Santa Cruz, escribía en un suplemento del periódico local El Deber. Me había presentado a las oficinas del director del suplemento y sin conocerlo lo convencí de la necesidad que él tenía de que yo escribiera para el semanario. Iba con la seguridad que impone la juventud y lo convencí. Teníamos nuestros más y nuestros menos porque me gustaba polemizar, a veces mucho. Un día, me dijo que mi problema era que yo veía a colores y que los demás lo hacían en blanco y negro. Lejos de molestarme, me pareció el mayor elogio. Y me lo creí. Y por ello, anduve a partir de entonces creyéndome un pelín mejor que la gente común, esa que no se fija en lo que ocurre alrededor y para lo cual pareciera que yo tengo antenas. Camino de forma consciente y usualmente no dejo que los pensamientos me absorban de modo que no capte lo que sucede alrededor. Bueno o malo, así soy y así voy por el mundo.

Hace un par de días, fui a recoger unas rueditas de una maleta que pretendía arreglar, antes que comprar una nueva (el planeta ya no aguanta tanta renovación así que me planteé la antigua práctica de la reparación), en un barrio lejano al mío, Legazpi. Bajé del metro y cuando caminaba por la calle Delicias, la vi, una pequeña urraca que había caído del nido o que no había aprendido la lección diaria de vuelo. Intenté cogerla y cometí el error de involucrar a dos personas, majillas pero inexpertas. Hice mi cálculo mental de que si la cogía en ese momento, ya no podía ir a buscar las rueditas. Pensé primero en mi comodidad, no en la suya. Inmediatamente pedí ayuda al grupo que tengo de defensa de aves y me dijeron que cerca había una persona. Fui a recoger las piezas y, a la vuelta, me encontré con una de las personas a las que había alertado inicialmente sobre el pájaro y éste me dijo que la mujer (que me había ofrecido un jersey para atraparla), la había cogido pero que el animal se había escabullido. Me puse a buscarla debajo de los coches y nada. Del grupo de pájaros me dijeron que hiciera un vídeo y se los mandara, que había alguien a cinco minutos de allí. Yo estaba agachada mirando bajo los coches con el teléfono en ristre para filmar y, cuando levanto la cabeza, la veo, en medio de la carretera, completamente aplastada.

Confieso que inicialmente, sentí alivio, mi vida volvía a su sitio. Pero con el paso del tiempo empecé a sentirme mal: por un breve instante, la vida de ese ser estuvo en mis manos y por un absoluto individualismo, comodidad de mi especie, había dejado que muriera. Esa presunta superioridad moral se iba por los suelos. No, no soy tan buena como pensaba, soy como todos los demás. Y es que puedes ver a colores, pero lo que importa es que tomes el mando en tus manos y hagas, hagas algo para salvar la situación. 

Y es que la inmensa mayoría ven en blanco y negro. Yo una de ellas, aunque por instantes, breves instantes, vea a colores, pero me temo que para los que necesitan una mano eso es algo puramente testimonial. No les basta.

20.6.24

Jeremías y el fin de ciclo

 Cuando era niña, como todos los chiquillos de mi edad, también quería ser astronauta. Salvo médica y abogada o matarife, creo que he soñado ser todas las profesiones y oficios. Sin embargo, lo que más me hubiera gustado era ser ingeniera constructora de puentes. Tanto me gustaban que, cuando salía al campo, solía buscar terrenos aptos para hacerlos y los construía con vías de tren, estaciones e incluso túneles. Metáforas vivas, los puentes.

Cuando llegué a este nuevo trabajo cambié el objeto de mis amores y de los puentes pasé a los faros, que también se usan ampliamente como metáforas. Y allí estabas tú, arrinconado sobre una simple mesita, expuesto a todo. La primera vez, me acerqué timorata, pensando que por ahí había una persona cuidándote y que tal vez me llamaría la atención. No había nadie. Así que te acaricié, toqué tus lentes, esos maravillosos cristales, entorné las puertitas. Te miré acullí, acullá. Y, como es natural, te hice cientos de fotos. A partir de entonces, una vez controlado el laberinto de pasillos de un edificio que parece el hotel donde se filmó El Resplandor, intentaba visitarte a menudo. Hasta que un día desapareciste y sentí una profunda saudade. Pensé que te había perdido. El mismo día, al volver del café, te pude ver a la distancia. Alguien había pensado lo mismo que yo, que eras muy valioso, relevante, y decidió darte un lugar más adecuado y te pusieron justo antes de la entrada al despacho del ministro. Te puso en valor (aunque, confiesa, te sentirías mejor en mi casa), instaló una luz interior y un reflector que te apunta estratégicamente y que te convierte en el centro de atención, cuando la gente es capaz de captar tu belleza.

Los edificios donde se sitúan los ministerios suelen guardar tesoros: muebles antiguos y objetos varios. Son como museos abiertos y dispersos, de tal manera que si alguna vez sientes el deseo de tocar uno de ellos (algo imposible en un museo donde, si pudieran, te cortan la mano si lo intentas), aquí están expuestos, libres y acariciables. Pero lo que he notado es que son invisibles. La gente pasa a su lado sin notarlos apenas, mucho menos tocarlos. Pasa con Jeremías, mi faro. Cuando comento de su existencia, nadie lo conoce. Por ello, hago visitas guiadas (por mí), a todos los amigos, amigas, parientes que quieran verlo, para que la gente no crea que exagero. La posibilidad de acceder a esta belleza al alcance de tu mano es coma cero, siempre tan distantes, tan ajenos, incluso para la mirada.

Por eso, hasta te puse nombre, Jeremías, porque lo que no se nombra, no existe. Un tesoro sólo mío.

Pero llegó el momento de partir. Fin de ciclo. Fundido a negro.

Extrañaré a las gentes, mi ventana con vistas al jardín y a la Castellana, estas madrugadas oscuras, este sol potente hasta llegar al metro. Pero indudablemente, lo que más extrañaré será verte y saber que unos pisos más abajo, como estrella de la madrugada, estás esperando que alguien te adore. Tal vez, me esperas a  mí, tu firme admiradora.

Cosa rara esto de los enamoramientos y es que hasta un faro inalcanzable, invaluable, puede ser objeto de la más profunda atracción y luego, inesperada nostalgia. Farewell my friends, farewell my lighthouse´s lamp.


 


Como a perro

 Es curioso investigar el origen de aquellas expresiones que nos acompañan en nuestro día a día. La mayoría provienen de refranes y algunas ...