13.7.26

El último viaje de mamá Irma

 

 

Siempre había imaginado que ocurriría. Era inevitable. Cuando vives a más de 10 mil kilómetros de distancia de los seres que amas, tiene que pasar que tengas que viajar apresuradamente y sin planificación porque algo grave está pasando. Lo viví dos veces ya y las dos veces la improvisación, las dudas, la esperanza de que sea una falsa alarma se impusieron y retrasaron lamentablemente un encuentro, una despedida, una atención necesaria.

Ha pasado más de un mes de tu partida y me cuesta escribirte, porque me sale espuma cuando lo intento, como diría el poeta. Todavía no quiero reconocer que ya no te puedo llamar todos los días a las 9 de la noche, las 3 de la tarde para ti. 

Muchacha de ojos grises, cómo me cuesta escribirte, será porque has sido mi compañía desde siempre, mi amiga leal, mi remo, mi proa, mi timón, mi punto de apoyo. Hemos compartido tantas cosas juntas y ahora me doy cuenta que eras mi razón de ser. Todos los años planificaba al detalle mi viaje a Bolivia a verte: las cosas que te iba a llevar, todo lo que siempre te gustaba, desde los jabones hasta los frutos secos pasando por una innumerable lista donde no falta el aceite de oliva en botella de vidrio. 

Muchacha de ojos verdes, que habías resuelto los obstáculos que te habían impuesto tus orígenes, la gente abusiva, las limitaciones económicas y, finalmente, la salud, de las más diferentes y creativas maneras. Eras un ejemplo de la constancia, de levantarte siempre de las caídas, de recuperación de pérdidas, de fortaleza física y espiritual. Un ejemplo para todos los que te conocimos y tuvimos la suerte de compartir momentos contigo. Me siento una privilegiada de haber sido tu hija y de haber tenido esta espléndida relación y de haberte querido siempre.

Muchacha de ojos azules, sé que tu muerte era inevitable, que la esperabas y hasta deseabas. Lo sé. Se acabó tu sufrimiento y todos los pesares. Te juro que lo sé. Mi mente racional me dicta a aceptarlo como una buena cosa para ti, pero está lo otro, está el saber que no puedo conversar más contigo, que no podré verte, que no podrás aconsejarme, consolarme, ni acariciarme. Qué sola me siento.

Muchacha de ojos cambiantes, a veces grises, otras verdes o azules, voy transitando todas las fases del duelo, a veces me da rabia haber elegido esta distancia, que me impidió estar contigo más tiempo. Eso sí, te agradezco que me esperaras. Las once horas de vuelo se me hicieron eternas, imaginando que ya te encontraría en Las Misiones, pero al aterrizar, el saber que todavía estabas me inundó de un eterno agradecimiento, podría verte, tocarte, intentar calentarte, hablarte, decirte que podías partir tranquila porque todo lo que tenías que hacer, lo habías hecho y bien. Y verte respirar por última vez. 

Bella mujer, te fuiste sin mí y me dejaste instalada en el puerto, perdida, tonta y llorosa, sentadita como una Penélope que todavía no sabe que espera en vano. Ay, de mí... 

"Te quiero tanto, que lucho con llenar mi soledad pensando en ti..." 

1 comentario:

Anónimo dijo...

Hermoso!

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