Muy pronto aprendí que no vale la pena discutir por los tres grandes temas, la ideología, la religión o el fútbol. Incluso, no vale la pena ni siquiera defender tu trabajo a morir. Un día te dan una pata en el culo y santas pascuas, y resulta que has creado enemistades por algo que no vale una neurona.
Me pasó una sola vez y espero que no se repita. Eso intentaba explicarle a la portera de mi edificio que se ennegrece el hígado defendiendo la propiedad de otros. Pobre, no sabe que los trabajadores son como el cleenex, de usar y tirar.
Por eso me dio tanta pena la muerte de un trabajador de un hotel en Barcelona. Intentaba impedir la utilización del baño por un grupo de chicos que había asistido a un concierto. Imagínense, ¡la utilización de un baño! La dirección había prohibido el uso de los no clientes y este pobre hombre, firme defensor de la propiedad privada de otros, se ganó un puñetazo y con ello perdió la vida, pues para su mala suerte cayó orondo sobre uno de los lavamanos y se reventó la cabeza.
Lo dicho, nada vale la pena. Incluso cuando los creyentes me dicen que en el fondo creo en Dios, les sonrío y les digo: "Si eso te hace feliz...".
Y no es que me haya vuelto conformista, veleta o diletante, sino que... Tal vez sea eso, que me he vuelto conformista, veleta y diletante. ¡Pero qué feliz soy!
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