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20.12.24

Sin techo

 Ese domingo frío volvía a casa con la mochila a cuestas y me estaba preparando para buscar las llaves cuando lo vi. Un sintecho había elegido la ventana de la tienda de mi edificio para pasar la noche. No se le veía en sus cabales: había bebido alcoholes al grado de no darse cuenta de lo que hacía. Se estaba acomodando para pasar la noche en el suelo pelado, tapado apenas con una sábana y con los pantalones mojados. La última imagen que guardo de él es el movimiento torpe y lento que realizó para intentar taparse el hombro derecho con un pedazo de la tela blanca. Me quedé unos minutos mirándolo antes de entrar en el portal y un estremecimiento me sacudió de arriba a abajo de pensar que en la madrugada alcanzaríamos una temperatura bajo cero y que probablemente moriría congelado. De pronto, sentí que tenía la vida de un ser humano en mis manos y que si no hacía algo por él nunca me lo perdonaría. Llamé por teléfono a mi chico y le comenté lo que acababa de ver y él me dijo que él también lo había visto y que estaba pensando soluciones, que la calle era fría para él y que no quería imaginar cómo sería pasar la noche a la intemperie. 

Confiada en que le dejaba en buenas manos y como tengo que levantarme a las 6 de la mañana, pero consciente de que el asunto había evaporado el sueño, me tomé una pastilla y me dormí, no sin antes proponer como solución subir al pobre hombre a que pasara la noche en nuestro sofá. 

Cuando al día siguiente bajaba en el ascensor para ir al curro y como no conocía el desenlace de la noche anterior, me sentía alterada, nerviosa, ante la posibilidad de encontrarlo aún allí. No estaba. Más tarde, me enteré de que mi chico había estado hasta las dos de la mañana esperando que el SAMUR social pasara a recogerlo para llevarlo a un albergue. Mientras tanto había conversado largamente con el protagonista y así se enteró que el alcoholismo lo había conducido al divorcio y a dar con sus huesos en la calle. Llevaba diez años viviendo de esta manera y cuatro días en un Madrid en el cual el invierno empieza a dar sus violentos coletazos. La noche, esa noche, tenía solución: dormiría abrigado. ¿Las demás? Es fácil imaginarlo.

Esa misma mañana, en el metro de las siete y media, poblado de curritos entre los que me encontraba, me di cuenta que los pasajeros evitaban sentarse en una zona específica del vagón. Allí dormía otro sintecho. Se lo notaba cansado, probablemente tampoco a él el frío le había dado tregua esa terrible noche. Llevaba entre las piernas una desgastada mochila, una ropa brillante de mugre, el pelo duro, la piel pegada a los huesos y las facciones surcadas como un mapa orográfico. Olía, es verdad, pero no tanto como para no acercarse. Me senté frente a él y empecé a cuidar su sueño. En las breves cuatro paradas que me llevan a mi destino, no quería que nadie le quebrara el descanso.

Ojala sólo fueran esos dos. Cada día les veo colarse como gotas de rocío entre la gente, intentando pasar desapercibidos, como si fueran culpables de algo, de ser pobres, de no tener casa, de recorrer la ciudad sin rumbo para gastar las horas, hasta llegar a la helada noche en invierno, o la calcinante acera en verano.

Por alguna razón que tendrá, imagino, una explicación, la gente se alegra cuando nieva. Soy de región tropical así que alguna vez este meteoro me provocó ganas de bailar y dar vueltas mientras los copos blanqueaban mi ropa y mi pelo. Eso fue hasta ese día en que las estrellitas blancas empezaron a caer y yo no pude terminar el estribillo ese de "ay, qué bonita que es la vidaaaa" porque lo vi: un sintecho pasaba a mi lado con su maletita a cuestas. ¿Dónde iba? Seguro que no le esperaba una casa calentita, una taza de chocolate y el mando de la tele, sino el errático deambular hasta que todo pasara.

Pienso que si cambiamos de perspectiva y lo vemos desde sus zapatos cansados seguramente no son ellos los que se han insertado de forma irregular en nuestro perfecto mundo, sino que somos nosotros los que invadimos de día unas calles que durante la oscuridad son sólo suyas y, más bien, somos los advenedizos, los ajenos, pobres criaturas ciegas, sordas y mudas. Someros.

15.8.24

Erick y el tiempo

 Nunca es fácil escribirle a los amigos que se han ido y ya tengo una edad en la que me ha tocado despedir a muchos. El lunes 5 me llamaron del hospital para decirme que habías tenido una parada respiratoria y yo ya supe (lo supe cuando vi que la llamada era a una hora inesperada) que ya nada se podía hacer por ti, por lo que no me hacía falta la segunda llamada (a los 20 minutos) para certificarlo. 

Fuimos a verte una vez más. Llevábamos nueve días tomando varios metros y un autobús en medio de la nada, de una parada que alcanzaba los 47 grados, para ir a verte la media horita que nos permitían. Era cuando yo te hablaba y te decía que te esperábamos todos, tus otros amigos gatos y nosotros. Pero media hora de amor no era suficiente para tapar todo el dolor que te provocaban las intervenciones médicas, justificables porque intentábamos todo -los veterinarios y nosotros- para salvarte. Pero tu pobre cuerpecito, invadido por sueros y sondas no pudo más. El día domingo 4 ya llorabas de dolor y no supe/no quise darme cuenta que esa era la despedida. El día lunes ya te encontré muerto. 

Mi chiquito estaba ya frío cuando llegué. Ese chiquito que había llegado hacía nueve años de manos de una amiga de Irma. Ya era gordito porque comía las sobras del comedor de la residencia de estudiantes Chaminade. Blanquito y peludito, pero lo más importante, con una impronta de humano que lo convirtió en un gato especial. A veces lo llamábamos perrigato porque tenía la mansedumbre y el acoplamiento de un perro. Siempre detrás nuestro, luego encima, o en tu cabeza, pidiendo caricias, ronroneando, siendo nuestra constante, la necesaria en la ecuación de nuestras vidas. 

Ocupabas mucho espacio, he ahí por lo cual tu ausencia es tan manifiesta. Un vacío imposible de llenar.

Me ha costado escribir esto porque a pesar de que soy de las que tiene siempre un plan B y hasta un C, no contaba con tu muerte, esperaba al miércoles porque -estúpida e ingenua de mí- juraba que ese día te daban el alta. Por eso me ha pillado con el pie mal puesto y se me han quebrado todos los huesos del alma y ya no puedo andar como siempre. Desgalichada y ausente hasta que el duelo se me haga callo.

Va pasando el tiempo y el tiempo me aleja de ti. Han transcurrido 10 días desde que te abracé por última vez, por lo que las sensaciones de tu piel, tus olores, tus sonidos, se van perdiendo entre los minutos y los segundos te van llevando a la distancia, hasta que se confundan con otros. Siendo tú tan especial, tan nuestro, te vas.

¿Dónde irá a parar tanto amor? Nuestro amor se ha quedado encallado, varado, congelado, esperando la cita fallida en una esquina, sin saber qué hacer, qué rumbo tomar. Estupefacto. 

Teníamos tanto amor reservado para ti... que no sé dónde depositarlo.

 Mi chiquito, mi gordo gordito...



 



30.6.24

Otro 30 de junio sin Lizandro

 Cada treinta de junio, desde que partiste, es un golpe con cristales rotos, un tren parado a las tres de la madrugada en un páramo frío, una tentación de volar al vacío, un sinónimo de ausencia, soledad, nostalgia.

Son nueve ya. Y en todos estos años, tu recuerdo ha sido constante e imborrable, como si el tiempo, lejos de borrarte, se empeñara en traerte cada día. Y es que cuando has amado a alguien, el amor se mantiene imperturbable, a pesar de las separaciones. 

Y yo te hablo y te pido favores, porque siento que estás conmigo. Tal vez sea una manera de mantenerte vivo, no lo sé, pero me ayuda a conjurar otras ausencias. Ya sabes que no creo en santos ni aparecidos, pero sin embargo, en esos momentos en que necesito un ángel que proteja a mis bienamadas, te hablo y te digo: querido Lizandro, cuídalas.

Dice Jeff Dune, doctor en física nuclear, que existimos más allá de lo físico, que la noción del tiempo y el espacio son solo herramientas que nos ayudan a dar sentido a nuestras experiencias, pero que el Yo no está limitado por el tiempo, que hay evidencias de que la conciencia no es el resultado de la forma física, que la conciencia no depende de lo físico para su existencia. Y que es algo que dice la física moderna.

Mira tú, los budistas lo sostienen desde hace milenios, y Brian Weiss, lleva lustros desde la psicología diciendo lo mismo. 

Esto para decirte que, tal vez algún día nos volvamos a encontrar. Finalmente, todos vivimos camino del cementerio, como dice la canción.

En el mientras tanto, este domingo triste y nublado, mi corazón se esparce desordenado, sin voluntad de recuperarse...

Este domingo triste pienso en ti dulcemente
y mi vieja mentira de olvido, ya no miente.

La soledad, a veces, es peor castigo...
Pero, ¡qué alegre todo, si estuvieras conmigo!

Entonces no querría mirar las nubes grises,
formando extraños mapas de imposibles países;
y el monótono ruido del agua no sería
el motivo secreto de mi melancolía.

Este domingo triste nace de algo que es mío,
que quizás es tu ausencia y quizás es mi hastío,
mientras corren las aguas por la calle en declive
y el corazón se muere de un ensueño que vive.

La tarde pide un poco de sol, como un mendigo,
y acaso hubiera sol si estuvieras conmigo;
y tendría la tarde, fragantemente muda,
el ingenuo impudor de una niña desnuda.

Si estuvieras conmigo, amor que no volviste,
¡qué alegre me sería este domingo triste!

José Ángel Buesa

 


27.6.24

No, no basta

Hace unos años, cuando vivía en Santa Cruz, escribía en un suplemento del periódico local El Deber. Me había presentado a las oficinas del director del suplemento y sin conocerlo lo convencí de la necesidad que él tenía de que yo escribiera para el semanario. Iba con la seguridad que impone la juventud y lo convencí. Teníamos nuestros más y nuestros menos porque me gustaba polemizar, a veces mucho. Un día, me dijo que mi problema era que yo veía a colores y que los demás lo hacían en blanco y negro. Lejos de molestarme, me pareció el mayor elogio. Y me lo creí. Y por ello, anduve a partir de entonces creyéndome un pelín mejor que la gente común, esa que no se fija en lo que ocurre alrededor y para lo cual pareciera que yo tengo antenas. Camino de forma consciente y usualmente no dejo que los pensamientos me absorban de modo que no capte lo que sucede alrededor. Bueno o malo, así soy y así voy por el mundo.

Hace un par de días, fui a recoger unas rueditas de una maleta que pretendía arreglar, antes que comprar una nueva (el planeta ya no aguanta tanta renovación así que me planteé la antigua práctica de la reparación), en un barrio lejano al mío, Legazpi. Bajé del metro y cuando caminaba por la calle Delicias, la vi, una pequeña urraca que había caído del nido o que no había aprendido la lección diaria de vuelo. Intenté cogerla y cometí el error de involucrar a dos personas, majillas pero inexpertas. Hice mi cálculo mental de que si la cogía en ese momento, ya no podía ir a buscar las rueditas. Pensé primero en mi comodidad, no en la suya. Inmediatamente pedí ayuda al grupo que tengo de defensa de aves y me dijeron que cerca había una persona. Fui a recoger las piezas y, a la vuelta, me encontré con una de las personas a las que había alertado inicialmente sobre el pájaro y éste me dijo que la mujer (que me había ofrecido un jersey para atraparla), la había cogido pero que el animal se había escabullido. Me puse a buscarla debajo de los coches y nada. Del grupo de pájaros me dijeron que hiciera un vídeo y se los mandara, que había alguien a cinco minutos de allí. Yo estaba agachada mirando bajo los coches con el teléfono en ristre para filmar y, cuando levanto la cabeza, la veo, en medio de la carretera, completamente aplastada.

Confieso que inicialmente, sentí alivio, mi vida volvía a su sitio. Pero con el paso del tiempo empecé a sentirme mal: por un breve instante, la vida de ese ser estuvo en mis manos y por un absoluto individualismo, comodidad de mi especie, había dejado que muriera. Esa presunta superioridad moral se iba por los suelos. No, no soy tan buena como pensaba, soy como todos los demás. Y es que puedes ver a colores, pero lo que importa es que tomes el mando en tus manos y hagas, hagas algo para salvar la situación. 

Y es que la inmensa mayoría ven en blanco y negro. Yo una de ellas, aunque por instantes, breves instantes, vea a colores, pero me temo que para los que necesitan una mano eso es algo puramente testimonial. No les basta.

20.6.24

Jeremías y el fin de ciclo

 Cuando era niña, como todos los chiquillos de mi edad, también quería ser astronauta. Salvo médica y abogada o matarife, creo que he soñado ser todas las profesiones y oficios. Sin embargo, lo que más me hubiera gustado era ser ingeniera constructora de puentes. Tanto me gustaban que, cuando salía al campo, solía buscar terrenos aptos para hacerlos y los construía con vías de tren, estaciones e incluso túneles. Metáforas vivas, los puentes.

Cuando llegué a este nuevo trabajo cambié el objeto de mis amores y de los puentes pasé a los faros, que también se usan ampliamente como metáforas. Y allí estabas tú, arrinconado sobre una simple mesita, expuesto a todo. La primera vez, me acerqué timorata, pensando que por ahí había una persona cuidándote y que tal vez me llamaría la atención. No había nadie. Así que te acaricié, toqué tus lentes, esos maravillosos cristales, entorné las puertitas. Te miré acullí, acullá. Y, como es natural, te hice cientos de fotos. A partir de entonces, una vez controlado el laberinto de pasillos de un edificio que parece el hotel donde se filmó El Resplandor, intentaba visitarte a menudo. Hasta que un día desapareciste y sentí una profunda saudade. Pensé que te había perdido. El mismo día, al volver del café, te pude ver a la distancia. Alguien había pensado lo mismo que yo, que eras muy valioso, relevante, y decidió darte un lugar más adecuado y te pusieron justo antes de la entrada al despacho del ministro. Te puso en valor (aunque, confiesa, te sentirías mejor en mi casa), instaló una luz interior y un reflector que te apunta estratégicamente y que te convierte en el centro de atención, cuando la gente es capaz de captar tu belleza.

Los edificios donde se sitúan los ministerios suelen guardar tesoros: muebles antiguos y objetos varios. Son como museos abiertos y dispersos, de tal manera que si alguna vez sientes el deseo de tocar uno de ellos (algo imposible en un museo donde, si pudieran, te cortan la mano si lo intentas), aquí están expuestos, libres y acariciables. Pero lo que he notado es que son invisibles. La gente pasa a su lado sin notarlos apenas, mucho menos tocarlos. Pasa con Jeremías, mi faro. Cuando comento de su existencia, nadie lo conoce. Por ello, hago visitas guiadas (por mí), a todos los amigos, amigas, parientes que quieran verlo, para que la gente no crea que exagero. La posibilidad de acceder a esta belleza al alcance de tu mano es coma cero, siempre tan distantes, tan ajenos, incluso para la mirada.

Por eso, hasta te puse nombre, Jeremías, porque lo que no se nombra, no existe. Un tesoro sólo mío.

Pero llegó el momento de partir. Fin de ciclo. Fundido a negro.

Extrañaré a las gentes, mi ventana con vistas al jardín y a la Castellana, estas madrugadas oscuras, este sol potente hasta llegar al metro. Pero indudablemente, lo que más extrañaré será verte y saber que unos pisos más abajo, como estrella de la madrugada, estás esperando que alguien te adore. Tal vez, me esperas a  mí, tu firme admiradora.

Cosa rara esto de los enamoramientos y es que hasta un faro inalcanzable, invaluable, puede ser objeto de la más profunda atracción y luego, inesperada nostalgia. Farewell my friends, farewell my lighthouse´s lamp.


 


12.6.24

Aquella arista vacía

Ayer volví por esa calle en la cual vivías. No suelo pasar mucho por allí. Cuando salgo del ascensor del metro, suelo ir por Cea Bermúdez, pasar delante del moderno edificio de los teatros del Canal e ir directo a mi calle. Pero ayer, como el sol me daba de frente, decidí ir por Bravo Murillo y pasar por donde vivías. Ciudadano sin techo, habías elegido esa arista decorativa inútil diseñada por el arquitecto Baldeweg y que tú convertiste en provechosa montándote una entrañable casita.

No sé cuándo empezó tu labor de hormiguita (ya lo he dicho, suelo ir poco por esa vía), pero como si retaras a una cigarra, fuiste recogiendo aquello que deshecha la sociedad cuando decide modernizar su casa. Durante años fuimos viendo que tu hogar iba tomado forma, le pusiste techo y paredes de plástico. Un sillón en el que te sentabas a leer, una mesita, un florero y, si hubieras conseguido luz con células fotovoltáicas, probablemente le habrías puesto también una lámpara. De no ser por la realidad que imponíamos los viandantes, podría pasar por el escenario de película con luz natural. 

Lamento mucho no haber hecho un reportaje fotográfico porque lo cierto es que hubiera valido la pena ver ese cariñoso proceso hasta culminar en ese chalecito improvisado en pleno barrio de Chamberí, pegado a la pared de uno de los teatros con mayor solera de esta ciudad.

Pasaron años. Incluso la pandemia te pilló allí. Y lo peor, la nevada Filomena, esa que tanto alegró a los niños y que a mí me amargó al pensar que los que vivíais en la calle, humanos y animales, estaríais congelados. Esos días, que yo andaba con la pala al hombro, intentando salvar a mis gatos callejeros, cual enanito de Blanca Nieves, pasé todos los días al lado de tu cabañita, más propia de la montaña canadiense.

Sobreviviste a eso. Pero hace unos meses, volví a pasar y se habían llevado todo. Pregunté qué pasó y nadie supo darme noticias de lo sucedido. Sólo que habían puesto unas cercas alrededor como para evitar que volvieras.

Ahora está impoluto, como lo tenías tú con esa escoba siempre presente. Pero falta tu humanidad. Seguramente alguien pensaría que no era sitio para que alguien lo habitara, que no daba el pego con tanto boato. Y es que esta ciudad, que cada día se convierte en una oferta turística más que en una solución habitacional, un gran bar, hotel, casino, burdel europeo, no acepta ya que queden rasgos a la vista de esa pobreza siempre presente. Mejor ocultar que solucionar. Mejor vender que conceder gratis. Mejor aparentar que ser. La hipocresía normalizada de estos señores que gobiernan la ciudad.

Qué banco te albergará, qué calle te acunará, qué objetos se pegarán a ti, qué gentes te asumirán...

Mientras tú pateas otras calles, esa arista vacía te extraña, está cada día más gris, más fría, más pobre... Más sin ti.

12.4.24

Entre tú y el Ché - seis grados de separación

 

Como desde hace unos 5 viajes, solemos reunirnos los tres en una distendida cena en algún restaurante de nuestra ciudad, Santa Cruz. Amigos desde los 13 años pero con un largo paréntesis de esos que se inauguran cuando te casas, tienes hijos y formas una familia, para luego retomar las viejas y esenciales amistades, resultado del perdón de la parca, que nos permite aún gozarlas; recuperamos la relación con fuerza y voluntad de mantenerla todo lo que dé el cuerpo.

En esta cena, que se va alejando ya de la memoria, pisoteada por la cotidianeidad española, ambos me contaron su relación con el Ché.

Ahora que se ha convertido en un trago, merced de aquel político diletante que ahora se dedica a la restauración después de haber fracasado en sus intentos de alcanzar los cielos desde Madrid, el Ché siempre ha acompañado a los bolivianos de mi generación porque fue parte de nuestra cultura, tanto como la es de los cubanos y menos de los argentinos. Cada uno de nosotros tiene una historia que contar, pero a mí me gusta usualmente demostrarle a la gente que aquella teoría de los seis grados de separación se cumple a rajatabla con este personaje. Suelo decir entre tú y el Ché estamos tú, yo, mi amigo Garicito, su padre el General Prado que fue el que lo detuvo y el Ché, en total cinco grados.

Habiendo vivido en Cuba, mis anécdotas sobre el Ché pueden ser numerosas dado que en la Facultad de Economía de La Habana, que es donde estudié, solía haber un día (no recuerdo la fecha con precisión) en el que nos reuníamos docentes y alumnos y algún personaje que hubiera estado cerca, para contar aspectos de su vida. Tal era la veneración por este hombre en esos años en los que parecía que el comunismo siempre iba a mejor. 

Pero de lo que me enteré aquella noche es de lo cerca que estuvieron mis dos amigos del Ché, más que de él, de su cadáver. Ellos eran unos niños que vivían en el pueblecito protagonista del fin de la guerrilla y a donde llevaron los cuerpos de todos los guerrilleros para ser exhibidos como trofeos y alrededor de los cuales los habitantes de Vallegrande irían a caminar cual procesión secular. 

 

Tenía los ojos abiertos, me dijo Musa, en esa evocación de niño de entonces que, a diferencia de los actuales, sí veía cadáveres. No como los niños de ahora que son ultraprotegidos y no tienen esa relación cercana con la muerte. Adru, mi otro amigo, también había ido, especialmente porque su casa era al lado y bastaba saltar la tapia. Impresionaba, claro que sí. Si es que sólo la foto ya lo hace.

Ellos tenían la necesidad de contarlo. Tantos años de relación y nunca habían querido hacerlo, tal vez porque sumidos como estamos en la vida diaria estas cosas que son fundacionales van quedando en la base pero que algún día tienen que brotar y lo hacen, por ejemplo, en una noche tropical entre tragos que se llaman simplemente mojito sin apellido y sin rimbonbancias absurdas.

Consiguieron lo contrario, me manifestó Musa para terminar, si querían que sintiéramos rechazo, fue lo contrario. La gente salía de aquella morgue improvisada con la impresión de haber visto a Jesucristo después de su descenso de la cruz.

Errores de estrategia, que se dice... y es que esta gente era y es así de burda.

Soledades y elecciones

 Le sucedió a la amiga de una amiga mía. Vicenta llegó a Madrid en uno de esos vuelos que llegaban de Bolivia con mujeres y hombres en busca...