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9.9.26

Soledades y elecciones

 Le sucedió a la amiga de una amiga mía.

Vicenta llegó a Madrid en uno de esos vuelos que llegaban de Bolivia con mujeres y hombres en busca de El Dorado. Los que habían venido antes contaban las maravillas de tener un buen trabajo bien remunerado, a veces importaba que sólo estuviera remunerado. Lo más importante era que podían enviar las dichosas remesas que no sólo les daban techo y convertían en profesionales a sus hijos sino que alimentaban el paupérrimo PIB del país. 

Como todos, también tenía deudas, al quedarse sin casa, había pedido un préstamo a una cooperativa de ahorro para recurrir a esa figura que creo sólo existe en Bolivia, el anticrético. Este consiste en que si alguien tiene una casa, departamento o simplemente un cuarto, lo cede a otra persona a cambio de dinero, que luego debe devolver cuando la persona se marche. Un quid pro quo en el que, por un lado, alguien obtiene un capital sin intereses y, por el otro, una persona/familia vive bajo techo sin pagar un alquiler. En este caso, Vicenta iba devolviendo el préstamo a la cooperativa y, a la larga, se quedaría con un pequeño capitalito.

Esa era su única deuda. Trabajando seis días a la semana de interna, sin horarios y atendiendo a personas mayores, no sólo le dio para sacar a sus hijos profesionales, sino también para pagar a la cooperativa y luego la construcción de una bella casa en un buen barrio de Cochabamba, algo que la llenaba de orgullo. Diez años de sacrificios se veían reflejados en esa construcción. Al menos no había sido en vano.

Los domingos eran para Vicenta sinónimo de libertad. Se conocía cada barrio de Madrid como la palma de su mano. Sabía qué metro o autobús tomar ya que mil veces se había subido en uno a manera de llenar esas largas horas de soledad. Pateaba la ciudad sin permitirse capitular ni un segundo. También sabía cómo comer con poco dinero (el Rodilla era su sitio favorito, con dos sándwiches era suficiente para llenar el buche), dónde estaban las ofertas de ropa o zapatos y cómo permanecer un día entero sin tener con quién hablar. De cualquier manera, durante la semana tampoco era que pudiera establecer una charla amable con sus contratadores, que la dejaban sola a cargo de sus padres/madres, a tal extremo que incluso había asistido en la muerte de dos de ellos.  

Como es de imaginar, la gente que estaba a su cargo era de "posibles". Como tenía buenas recomendaciones alguna vez trabajó con el dueño de uno de los grandes periódicos, pero renunció cuando la despertaron a las 4 de la mañana para que portara el paraguas y los "señores", que venían de un viaje al extranjero, no se mojaran. Ese mismo día renunció.

Era muy digna y muy honesta. Otra vez trabajó con la dueña de una de las grandes empresas. Esta señora, con títulos nobiliarios, enseguida se dio cuenta de que estaba con una persona con estudios (Vicenta era ingeniera civil) y se interesó por su vida. Le pagaba bien pero sólo estuvo el mes que la "propietaria" del puesto había salido de vacaciones. Porque ella era así, no tomaba descansos porque su objetivo siempre era juntar dinero para llevar a casa. Ahorraba hasta el último centavo, la ventaja era que siendo interna no pagaba luz, agua, vivienda, comida, pero el precio era muy alto: estar encerrada en una casa, a los cincuenta años, como si fuera una cría o una presidiaria en tercer grado. No le importaba, tenía un objetivo y la claridad de saber cómo conseguirlo. 

Había trabajado con todo tipo de gente: algunos muy respetuosos y, como es de esperar, con otros que la trataban con desdén por tener la apariencia de latinoamericana. Aunque era muy blanca, tenía los rasgos y estatura que evidenciaban su origen. Uno de sus últimos trabajos había sido para el riquísimo padre de una pareja de homosexuales un poco aporófobos, porque seguro que xenófobos no eran puesto que tenían amigos extranjeros, pero ricos. Vicenta no lo era, por ello, aprovechando que estaba el COVID rulando, pudieron darse el gusto de tratarla con guantes. Literal. Y otras cositas despreciables que los revelaron tan ruines como eran. 

Tenía múltiples historias que contar, seguro que darían para un libro que levantaría ronchas de la clase media y alta de España. Ya quisiera alguien escucharlas, porque además cuando las contaba tenía un graciejo que te hacía desternillar de la risa. Lo último que le ocurrió cuando ya se marchaba "defintivamente" (volvió meses después) a su país, más que drama, tenía tintes de comedia, de la buena.

Fue en otra de las ocasiones en las que sus frugales e iguales amigas tenía que viajar a su país. Esta le preguntó si la podía sustituir durante un mes cuidando a una mujer con Alzheimer. Como es de imaginar, la familia se había desligado del asunto y para no tener remordimientos de conciencia, le pusieron un buen salario a la cuidadora y a seguir la vida cada uno, que para eso tenían dinero. Una vez se cercioraron que tenía buenas referencias y como venía recomendada por la "titular", no volvieron más por allí.

Después de explicarle el funcionamiento de la casa y de la señora y de prevenirla de cómo se trataba a una persona con esa condición y, antes de marcharse feliz de vacaciones, la amiga le enseñó la habitación donde iba a dormir. Cuando entraron, en el suelo había una docena de pares de zapatos metidos en una bolsa de basura. Ella le dijo que la hija de la señora le había dicho que los tirara, pero que si alguno le quedaba bien, "tú misma". Cuando Vicenta volvió a la habitación ya bien entrada la noche, miró la bolsa y estuvo tentada de tirarla en ese mismo momento, sentía que le restaba la dignidad suficiente como para no usar zapatos de segunda mano y que ella trabajaba justamente para eso, para comprarse sus propias cosas. Sin embargo, le entró la curiosidad de ver qué zapatos eran, tal vez la amiga habría elegido los mejores y le había dejado lo que ella no quería o estaban muy desgastados. Metió la mano y sacó el primer par: eran unas sandalias de Gucci. Madremía, pensó, son finísimas. Tenían mucho tacón, pero se las llevaría de regalo a su nuera, alguien tendría que disfrutarlas. Además evidenciaban poco uso. Así fue desgranando zapato a zapato, todos de fina piel, buena costura, buena marca y colores variados: marrones en todos sus matices, burdeos y blancos. Los fue colocando uno al lado de otro y la verdad era que eran todos preciosos. Se los fue probando uno a uno y mirándose en el pequeño espejo puesto en el suelo para ese cometido. Había dejado un par de botitas de tono camel, súper elegantes, para el final. Definitivamente, serían las primeras en entrar en su maleta, porque se notaba que no tenían casi uso, para ella o para quien fuera. Hizo un cálculo de cuánto dinero se habían gastado en los zapatos y probablemente superaban los mil euros. Se sintió feliz.  

Sólo quedaba por ensayarse las botitas. Sentadita al borde de la cama, cogió la derecha, le abrió la cremallera y metió el pie. Algo lo atascaba. Por mucho esfuerzo que hiciera, no podía ponérsela. Pensó, seguro que tiene un relleno, así conserva la forma. Metió esta vez la mano y, cuál no sería su sorpresa al encontrar un objeto envuelto con varias bolsas. Fue quitando uno a uno los envoltorios y casi se cae del susto, adentro había un montón de joyas de oro: una cadena muy gruesa, estilo narcotraficante, tres esclavas variadas, una de ella con numerosos dijes colgando, cinco anillos muy gruesos, con piedras de diferentes colores y un prendedor de pelo con brillantes. Miró el calzado derecho y más de lo mismo. Lo juntó e hizo el cálculo, había más o menos medio kilo de oro y piedras. Tuvo la tentación de ir corriendo a despertar a la señora para contarle lo que había encontrado, pero la mente de la mujer hacía mucho que había viajado a otros mundos, seguro ni se acordaría que alguna vez tuvo esas joyas. 

Surgió el dilema: ¿debería contarle a los hijos lo que había encontrado? ¿no acusarían de robo a su amiga y perdería el trabajo? ¿no era cierto que esos zapatos iban a terminar en la calle y probablemente en manos de un viandante? ¿no era mejor que se quedara ella con el tesoro?

Un mes después, se le aclararon las ideas y se acabaron las opciones, finalmente los valores no suelen coincidir con los principios. Los hijos no aparecieron durante todo ese tiempo. Su amiga volvió y ella no le dijo nada. Hizo sus maletas (había comprado otra para los zapatos), metió en su bolso de mano un atadito con un pañuelo colorido en el que portaba las joyas y que el destino había puesto en sus manos. De todos es sabido que no se puede renunciar a las bondades o maldades del destino. Finalmente, se lo había currado.

O al menos es lo que me contó mi amiga sobre su amiga. ¿O le ocurrió a ella misma? Nunca lo sabré y tampoco me siento capacitada para juzgarla. 

21.8.26

Pronoia

Vaya por delante que no soy una persona optimista. Soy del estilo pesimista pero positiva. Es decir, creo que todo se va p'al carajo, pero que todavía podemos hacer algo para no caer en el precipicio. Positiva o ingenua rayando en la tontada. Pero debo confesar que muchas veces el universo me ha facilitado la vida. Es decir, he llegado en el límite a presentar recursos, documentos, trámites, a bajar del avión a tiempo para recibir la llamada esa que te ofrece trabajo, puertas que se abren, contactos que aparecen, gente que encuentro sin esperarlo, lo cual me ha hecho ser de las que creen que el universo conspira a mi favor, la pronoia. Y eso que no creo en las babosadas de la autoayuda, esas que dicen que si te concentras mentalmente y deseas algo profundamente, seguritico que lo consigues. Todo ello para hacerte creer que todo depende de ti y no de la sociedad. Puro existencialismo barato, tipo película Matrix.

 La historia que voy a contar pasó exactamente 18 días después de la muerte de mi madre. Esos días intermedios habían sido muy intensos y los viví como anestesiada. Ese viernes yo volvía de hacerme adaptar algunos de sus pantalones. Estaba satisfecha, habían quedado bien. Tomé el trufi que da vueltas por el segundo anillo, esos taxis colectivos de ruta fija. Cuando llegaba a la calle que da a la casa de mi madre, veo a un anciano que levanta la mano para parar el coche y el chófer lo ignora y se detiene para dejarme bajar unos metros más adelante. Estaba a punto de enfadarme con él por despreciar a este señor, pero tuve que salir corriendo porque vi que el hombre estaba cruzando la primera vía sin mirar. Me acerco y le digo que no podía cruzar de esa manera, porque luego del jardín hay cuatro vías aceleradas y lo más probable es que no llegara vivo al otro lado.

Me miró con esos ojos que tienen los perros callejeros, mirada ausente, fija en la supervivencia. Era un hombre alto que alguna vez fue guapo. Tenía facciones finas y un pelo y barba blanquísimos. Estaba muy delgado, tan delgado como bello en su ancianidad. Tenía la barba manchada de vómito y la ropa sucia. Vestía un traje que alguna vez debió lucir fino y de prestigio. Como los zapatos suelen por lo general dar la medida del estatus social, bajé la vista y no eran parejos, uno era un tenis y el otro un mocasín, ambos viejísimos. ¿Era un sintecho? Lo arrastré hacia mi calle, que tampoco es que sea una calle muy tranquila, pero al menos tiene un obstáculo destroza coches, que los obliga a disminuir su alocada carrera. Por mucho que le pregunté dónde vivía, no conseguí nada, así que lo llevé a la casa, lo senté en el patio y le traje un vaso de agua, ya que hacía mucho calor.  

Ante mis constantes preguntas, me dijo que vivía en la Tres Pasos al Frente, a unos 600 metros. Salí con él, bajo un sol inclemente y fui preguntando casa por casa, negocio por negocio, si alguien lo había visto. Nadie. Le insistía para indagar quién era, pero su mente hacía mucho que había decidido viajar a otros mundos. Me dijo un nombre que ahora no recuerdo puesto que la mía, mi mente, también estaba en otras cosas. Lo que me llamaba la atención es que cuando veía a alguien joven, le llamaba "¡chico!", como si reconociera a alguien de su azarosa vida. 

Cuando volvíamos a casa, porque no conseguía nada más que asolearme, miré hacía arriba y dije: "universo, ¿por qué me haces esto? Ya he enterrado a mi padre y a mi madre, no puedo hacerme cargo de nadie más, ¡que me voy mañana a España!". El pobre hombre me pregunta "¿con quién hablas?". Lo miré con tristeza, me sentía atrapada en un laberinto sin salida. 

Ya en casa otra vez, intenté ponerme en contacto con una concejala del Ayuntamiento de Santa Cruz, pero luego me enteré de que estaba en una reunión, cuando me devolviera la llamada sería demasiado tarde. No sabía qué hacer. En un determinado momento, el hombre se levanta y me dice "me tengo que ir". Como yo no podía repetir el periplo nuevamente y tomando en cuenta que si lo dejaba ahí retenido podría considerarse un secuestro, con todo el dolor de mi alma, le abrí la puerta. He salvado animales abandonados, he intentado ayudar al que me lo ha pedido, pero esto ya superaba lo posible y será una carga que llevaré conmigo, amparada en el estante de las decisiones que no tomé a tiempo o las palabras que debía decir pero nunca dije.

Y como en uno de esos capítulos de una serie distópica, escucho a un chico que le pregunta "señor, ¿usted vive en esta casa?" Pensé dentro de mí, el problema ya está en otro tejado.

Le hice esta foto para no olvidarlo intentando preservar su dignidad.

¡Puto universo! 

 


12.8.26

Duelo, manual de supervivencia

Cosas que aguantar 

1. Imperativo universo. En los momentos en los que me toca perder a alguien amado, siempre recuerdo la muerte de Beatriz Viterbo. Descrita con la maestría de siempre por el gran Borges en su cuento El Aleph, después de una imperiosa agonía que no se rebajó un solo instante ni al sentimentalismo ni al miedo, el protagonista notó que las carteleras de la Plaza Constitución habían renovado el anuncio publicitario. Tal hecho le dolió porque comprendió que el incesante y vasto universo ya se apartaba de ella y que ese cambio era el primero de una serie infinita.

Es lo que notamos todos nada más perder a alguien. No sólo el sol se empeña en salir, ocurren cosas que se van añadiendo a esta separación eterna sin respetar tu dolor: un Mundial de fútbol, un par de Toures de Francia, el eclipse total, decenas de películas estrenadas, un verano de infierno, dos terremotos y un largo etcétera de una realidad que se impone, aunque lleves por dentro un vaivén de emociones que nadie entiende, porque mayormente tratas de disfrazarte como si nada hubiera pasado. Pero a veces te ríes, disfrutas el instante, aunque enseguida la tristeza te devuelve a tu sitio.

2. Cosas que faltaron: El beso que no te di se me ha vuelto estrella dentro... Ayer recuperé aquella ciudad de la cual no nos acordábamos el nombre. Encontré el documento que certificaba qué universidad me había aceptado en Brasil, pero ya no tengo a quién decírselo. Como no tengo quién aguante la llamada de cada día a las 9, no tengo a quién contar cosas que sólo ella era capaz de comprender, porque me conocía de siempre y sabía de mis reacciones, y las entendía porque para eso están las madres.

Charlas inconclusas, cuentos a los que debí poner más interés, cosas que no terminé de hacer/decir. ¿Debí haber abrazado más tiempo sus pies tan queridos? ¿Debí esperar a que se enfriara su cuerpo para abandonarla? ¿Por qué seguí la norma? Son imágenes que retornan todo el tiempo. Arrepentimientos varios. 

3. Impajaritables fases. No dejo de pensar en ella. Imagino que será parte del duelo. Ya pasé por la etapa de la incredulidad y de la rabia, ahora estoy en la del remordimiento. No sé cuál será la siguiente estación, pero seguramente también sobreviviré a ella, porque ya sabemos que somos capaces de soportar todo, fuerte maroma resistente a vientos y tempestades, aunque por dentro las fibras se vayan quebrando.

4. Los otros. Lo más curioso fue la reacción de la gente al saber que había muerto mi madre, la mayoría sinceramente empática, pero hay otros que lo intentan y sólo meten la pata: desde las que me dijeron que era ley de vida o quien pregunta primero la edad, como si una persona mayor fuera más descartable, su ausencia más soportable. Los entiendo, yo también hacía la misma pregunta, hasta que me pasó a mí. La gente no entiende que lo único que quiere el que ha perdido a un ser querido es que lo acompañen en el sentimiento. Hete ahí la frase mágica que se debe decir y nada más.  

5. Bienvenida la soledad y grandes dosis de Orf. Nada me causa encanto ni atractivo, en un eterno spleen muriendo vivo y, sin embargo, sigo haciendo mi vida, voy a trabajar, al gimnasio, al cine, veo a mis amigas, hablo largas horas por teléfono... Es decir, sigo viviendo y de eso se trata, pero el agujero negro que se ha inaugurado con tu partida va absorbiendo los restos de mi naufragio.

Parte de vivir... 

 6. A veces, la poesía...

El beso que no te di
se me ha vuelto estrella dentro…
¡Quién lo pudiera tornar
-y en tu boca… -otra vez beso!

Quién pudiera como el río
ser fugitivo y eterno:
Partir, llegar, pasar siempre
y ser siempre el río fresco…

Es tarde para la rosa.
Es pronto para el invierno.
Mi hora no está en el reloj…
¡Me quedé fuera del tiempo!…

Tarde, pronto, ayer perdido…
mañana inlogrado, incierto
hoy… ¡Medidas que no pueden
fijar, sujetar un beso!…

Un kilómetro de luz,
un gramo de pensamiento…
(De noche el reloj que late
es el corazón del tiempo…)

Voy a medir el amor
con una cinta de acero:
Una punta en la montaña
La otra… ¡clávala en el viento!

Dulce María Loynaz (Tiempo)

 

13.7.26

El último viaje de mamá Irma

 

 

Siempre había imaginado que ocurriría. Era inevitable. Cuando vives a más de 10 mil kilómetros de distancia de los seres que amas, tiene que pasar que tengas que viajar apresuradamente y sin planificación porque algo grave está ocurriendo. Lo viví dos veces ya y las dos veces la improvisación, las dudas, la esperanza de que sea una falsa alarma se impusieron y retrasaron lamentablemente un encuentro, una despedida, una atención necesaria.

Ha pasado más de un mes de tu partida y me cuesta escribirte, porque me sale espuma cuando lo intento, como diría el poeta. Todavía no quiero reconocer que ya no te puedo llamar todos los días a las 9 de la noche, las 3 de la tarde para ti. 

Muchacha de ojos grises, cómo me cuesta escribirte, será porque has sido mi compañía desde siempre, mi amiga leal, mi remo, mi proa, mi timón, mi punto de apoyo. Hemos compartido tantas cosas juntas y ahora me doy cuenta que eras mi razón de ser. Todos los años planificaba al detalle mi viaje a Bolivia a verte: las cosas que te iba a llevar, todo lo que siempre te gustaba, desde los jabones hasta los frutos secos pasando por una innumerable lista donde no falta el aceite de oliva en botella de vidrio. 

Muchacha de ojos verdes, que habías resuelto los obstáculos que te habían impuesto tus orígenes, la gente abusiva, las limitaciones económicas y, finalmente, la salud, de las más diferentes y creativas maneras. Eras un ejemplo de constancia, de levantarte siempre de las caídas, de recuperación de pérdidas, de fortaleza física y espiritual. Vaya ejemplo para todos los que te conocimos y tuvimos la suerte de compartir momentos contigo. Me siento tan privilegiada de haber sido tu hija y de haber tenido esta espléndida relación y de haberte querido siempre.

Muchacha de ojos azules, sé que tu muerte era inevitable, que la esperabas y hasta deseabas. Lo sé. Se acabó tu sufrimiento y todos los pesares. Te juro que lo sé. Mi mente racional me dicta a aceptarlo como una buena cosa para ti, pero está lo otro, está el saber que no puedo conversar más contigo, que no podré verte, que no podrás aconsejarme, consolarme, ni acariciarme. Qué sola me siento.

Muchacha de ojos cambiantes, a veces grises, otras verdes o azules, voy transitando todas las fases del duelo, a veces me da rabia haber elegido esta distancia, que me impidió estar contigo más tiempo. Eso sí, te agradezco que me esperaras. Las once horas de vuelo se me hicieron eternas, imaginando que ya te encontraría en Las Misiones, pero al aterrizar, el saber que todavía estabas, me inundó de un eterno agradecimiento, podría verte, tocarte, intentar calentarte, hablarte, decirte que podías partir tranquila porque todo lo que tenías que hacer, lo habías hecho y bien. Y verte respirar por última vez. 

Bella mujer, te fuiste sin mí y me dejaste instalada en el puerto, perdida, tonta y llorosa, sentadita como una Penélope que todavía no sabe que espera en vano. Ay, de mí... 

"Te quiero tanto, que lucho con llenar mi soledad pensando en ti..." 

16.12.25

Viejas cartas. Para Ilda, la innumerable

 (escribí esta carta a Ilda, el 11 de enero de 2011, días antes de su partida)

Mi querida Ilda:

Este invierno en Madrid es lluvioso. Aunque hay días que engaña, pues sales a la calle bajo un sol alegre y minutos más tarde te das cuenta si olvidaste el paraguas. Me ha pasado un par de veces mientras iba a verte. Pero eso es pecata minuta, ¿no crees?

Sentada cerca de tu cama y con tu mano entre las mías, te dije todas las cosas que he decidido escribir para que tomen libertad y también se vayan. Contigo.

Durante estos días, desde que todo comenzara el 15 de diciembre, hemos estado haciendo, de alguna manera, balance de esta amistad que dura ya casi once años. Es curioso, hemos gastado nuestra relación como quien tiene en abundancia y tira al aire los billetes porque sabe que se reproducirán solos. Así hicimos y por mucho que usamos, siempre tuvimos más, para gastar en cimientos, ladrillos, ventanas, muebles, hasta tener el rincón precioso que compartimos: la idea en común, la palabra en común, el sentimiento en común.

Recuerdo claramente la primera vez que te encontré en un descansillo de nuestro edificio. Yo había decidido subir las cinco plantas andando y allí te ví, con tu perrita May. Saludé primero al animal y luego hablé contigo y al escucharte, reconocí el acento argentino y te dije que había ido varias veces a la Argentina, que era un país que me encantaba pues de allí venían excelentes amigos. Ese mismo día, un día indefinido pero que anunciaba primavera, te reencontré en la puerta de la farmacia. Algo opinamos sobre política y enseguida nos dimos cuenta que sintonizamos a la primera. No recuerdo cómo fue la primera vez que fui a tu casa y tú a la mía (una pena porque ya no puedo preguntártelo), pero a partir de ahí fue una sucesión diaria de encuentros, de llamadas de teléfono, de presencia constante, aún en la ausencia.
Han sido tantos días contigo. Sí, yo era la Yoss que bajaba siempre corriendo en tu auxilio, lo que hizo que la gente creyea que creías en dios pues siempre decías, apuntando con el dedo hacia arriba: "Le preguntaré a Yoss". Sí, tú eras la Ilda que subía presurosa cuando me daba un tirón muscular para darme un masaje, o la vez que me rebané un dedo cuando hacía la casa de muñecas y me llevaste a que me lo cosieran.  Pero sobre todo, estabas allí para ordenarme las ideas, para ser mi consuelo cuando el mundo se me caía encima o para darme consejos, criticar mis escritos, sugerirme cosas.

Cuántos libros, lecturas, charlas, conferencias, presentaciones de libros, compartimos. ¿Recuerdas el peculiar funeral de nuestro amado Haro Tecglen? Cuántas películas (en especial In the Mood for Love que nos dejó a ambas al borde del infarto), cuantas cosas, Oh, my Gosh! Juntas fuimos a la millonaria manifestación contra la guerra y yo te introduje en el movimiento ciudadano Parque sí y te lo tomaste tan en serio que organizaste dos performances, ambas después de sendas operaciones. Claro, podías estar muy enferma pero despertabas siempre con una idea bajo el brazo. La actriz, la directora de teatro, la poeta, la dramaturga, siempre presentes, siempre allí. Ayer, te pregunté si estabas pensando en otra obra y asentiste y con la mano hiciste un gesto como queriendo decirme: "No saben lo que les espera".

También compartimos el duelo de nuestras mascotas: cuando murieron Linda y Arturo, estuviste allí y lloré contigo cuando te tocó a tí perder a May; presentes en los abandonos de los amigos, esos que te dejan cuando ya no les eres útil; o en las diferencias familiares, en las que ambas intentamos interpretar lo que sucedía y nos pusimos sendas tiritas para tapar los agujeros del alma.

 Pero lo más importante de todo lo vivido fue el haber sido testigos, ambas, de cuanto nos ocurrió en todos los aspectos: afectivos, laborales, políticos.

Durante estos días te dije todo lo importante que eras para mí y lo sola que me senti…
Ilda, la irrepetible e innumerable Ilda

(Borré esta entrada temporalmente pues, por esos asuntos de la naturaleza, su aparente mejoría me hizo despertar a la esperanza. Pero, no. Mi amada amiga murió 15 días después de escribirle esta carta que, obviamente, nunca leyó).

30.3.25

Como a perro

 Es curioso investigar el origen de aquellas expresiones que nos acompañan en nuestro día a día. La mayoría provienen de refranes y algunas son usadas sin saber el por qué, pero cuelan y se entienden por todos. Estilo "irse por los cerros de Úbeda" para ilustrar cuando alguien habla sin sentido o, una que me gusta y que uso constantemente para evidenciar cuando alguien ha hecho alguna barbaridad digo, "se ha pasado tres pares de pueblos". 

Hay una que usamos constantemente y que más que una metáfora, es una comparación casi exacta de un suceso con otro. Aunque nunca lo hayamos visto, lo asumimos. Cuando expulsan a alguien de un colegio, de un restaurante, de un sitio cualquiera; o lo despiden, lo cesan de un trabajo; o lo deportan (ahora que las deportaciones están de moda), decimos "lo echaron como a perro". Sé que en países donde los perros van con correa, ver expulsar a un perro a palos es algo difícil, no así en países como el mío, subdesarrollado por activa o por pasiva. Puedes quererlo mucho, pero reconocer sus defectos entra en el paquete.

A lo largo de mi vida, me han echado algunas veces, clasemediera sin privilegios al fin, pero eso no es lo central de este relato, si no mi incapacidad para reaccionar a algunos agravios. Padezco lo que se denomina "el espíritu de la escalera", es decir, las ideas de reacción se me ocurren varios días después, o meses, o años. Cuando descubrí que mi padecimiento tiene nombre, me sentí menos sola y menos idiota. Y daré algunos ejemplos que me fastidian aún ahora, alguno un poco insulso por lo que los pondré en la escala de los menos graves a los más graves:

1. Solía llevar mi vida en fotos, como las actrices (o las influencers actuales que lo tienen más fácil) y yo tenía una foto, tal vez una de las más bellas que he tenido nunca, y cometí el craso error de dársela a mi pareja de entonces. Cuando nos separamos, estuve a segundos de recuperarla, pero algo me frenó, a pesar de saber que él solía quemar las fotos de sus ex. Es algo que seguramente hizo puesto que la ruptura lo llevó a los extremos de la miseria humana, hasta dejó de comer y se llenó la boca de insultos y reproches. No hay nada peor que no saber salir de estos baches. Adiós foto en la Cárcel Modelo de la Isla de Pinos.

2. Salía de casa de una compañera de estudios y su hermana estaba furiosa y cogió a un gatito pequeño y lo estrelló contra el suelo. ¿Por qué razón cuando salí huyendo de su histeria, no rescaté al animal y lo metí en mi mochila?

3.  En un mercado cruceño, vi a un pobre perro desfalleciendo de sarna, casi no se  podía levantar. ¿Por qué no intenté rescatarlo y lo único que hice fue mirar para otro lado?

Son situaciones que son una carga para mí, sobre todo cuando veo a otra gente que tiene los mecanismos para actuar, para buscar respuestas, para hacer algo.

4. Hace unos meses, estaba en mi casa de Santa Cruz y vino el inquilino a pedirme disculpas porque había dejado entrar a un perro al patio ya que otro más grande le estaba dando una paliza. Fuimos a verlo y el pobre animal estaba escondido en un rincón, intentando recuperarse. Vino mi sobrina a ver cómo estaba y, como es veterinaria, le puso una inyección porque el animal tenía fiebre, tal vez debida a que estaba lleno de garrapatas. Como ella tiene otros perros a los que le ha costado dejarlos exentos de ese terrible insecto, sugirió sacarlo nuevamente a la calle para que no los infectara, algo que me horrorizó, pero yo no tenía ni voz ni voto porque pronto retornaba a España. Minutos más tarde, mientras revisaba el techo para prever las goteras, desde allí arriba pude ver cómo entre tres personas echaban al perro de la casa, ejemplificando la frase origen de este escrito.

Una vez más, un suceso de sumaba a esas otras frustraciones históricas que son pequeñísimos ejemplos de cosas que estuvieron de mi mano. Sé que a lo largo de mi vida he ayudado a personas y animales, en muchos sentidos, pero reconozco que cargo con estos mis "muertitos", como les llamo.

Cuando trabajaba en la Oficina de Asilo y Refugio redactando expedientes de asilo, un día al constatar que gente normal, buena, trabajadora, cuyo único problema era la pobreza (que no era motivo de asilo), era rechazada por el sistema, me puse a llorar. Entonces, mi jefe (una grandísima persona) me dio una lección de humildad y me dijo: No somos dioses, no podemos salvar a todos, pero hasta donde lleguemos, tratemos de hacerlo bien...

Demás está decir que, aún pudiendo, decidí no volver a trabajar allí.

26.2.25

Felipe y el amor infinito


 Me esperaste. Te lo había pedido antes de viajar a Bolivia, te había dicho: "espérame, no te mueras sin mí" y eso hiciste. 

Nos conocimos en 2016. Yo volvía a la colonia gatuna del Centro Deportivo El Canal después de cinco meses de ausencia.  Había cambiado a los félidos por primates y volvía con la mente todavía instalada en la selva boliviana. A veces, cuando las saudades me invadían, ponía comida a los gatines y me sentaba a escuchar cómo chocaban las hojas de los árboles y me trasladaba por momentos a la vida de allá, rodeada de naturaleza y me parecía escuchar a los monos aulladores. Una de esas nostálgicas tardes, te vi. Eras ese gato bonachón, de cara triste, que venía a por comida, con el corazón roto por el abandono. Un gato institucionalizado, es decir, adaptado a la fuerza a la vida en la calle (aunque bien tratado por todas las personas que entonces estábamos comprometidos con daros buena vida), con carita de "no me queda otra".

En junio, te levanté en mis brazos y te acomodaste como agua en recipiente amable. Ese día me seguiste hasta la puerta porque pensabas que si yo había sido cariñosa contigo era porque te venías a mi casa. Casita era lo que extrañabas, lo que te hacía falta. Yo te expliqué que no podías acompañarme, que deberías permanecer allí, que no podía adoptarte porque tenía otros seis gatos. Y te quedaste desilusionado, como si fueras una víctima de estafa en forma de caricias. 

Yo iba dos veces a la semana y te buscaba. Al entrar, me encontraba con ese otro gato amado, al que puse de nombre Coné, que me acompañaba todo el periplo como un perrito faldero. Tú y él se convirtieron en mis dos amores. Como eras especial, te puse de nombre Felipe, el hermoso. 

Con la experiencia del engaño, ya no me acompañabas hasta la puerta, sino que te ibas quedando a medio camino y con el paso del tiempo, cada vez renunciabas siquiera a ir conmigo un par de metros. Seguro pensabas que p'a qué, si no me va a llevar. Un día de invierno en que hacía mucho frío, escuché unos maullidos atravesando la cancha de tenis, eras tú que me bienvenidabas, te levanté y abracé. Así era siempre:  yo te cogía en brazos y tú te acomodabas cariñoso. Otra vez, no te vi al llegar y me puse muy ansiosa pensando que te había pasado algo, pero te encontré en una zona enrevesada y te llamé la atención como cuando las madres pierden a sus hijos momentáneamente en el parque. Pusiste carita de circunstancias y fuiste caminando cabeza gacha mientras te pegaba el rapapolvo.

Pero yo te quería en casa. Por eso fui planteando el asunto, como gota que cae en la piedra, hasta que conseguí crear un consenso respecto a tu adopción. Te llevaríamos al veterinario para constatar que no llevabas una enfermedad contagiosa y luego a casa si dabas negativo, si no, volverías a la colonia, lo cual me quitaba el sueño porque se repetiría tu abandono. Por suerte, eras un gato sano, salvo una infección en los oídos, no contagiosa, que era lo que te daba ese aire melancólico (en realidad, era dolor) y a casa fuiste a parar, a ampliar la colonia local. 

Ese día era 23 de diciembre de 2016. Quedó solo Coné en el centro deportivo (desaparecería el 14 de febrero provocándome un dolor irreparable hasta ahora), sin tu amable compañía. Eras tan querido, que María, otra alimentadora, también había planeado recogerte. Le gané por pocos días.

Durante todos estos años has sido mimado, amado y has vivido como lo que eras, un rey. Hasta que en enero de 2023 enfermaste. Tenías problemas intestinales. Querían hacerte una biopsia, pero como ya eras un gato muy mayor (ya lo eras cuando te adopté), decidimos que no la hicieran, especialmente porque no despertarías de la anestesia total. Y yo no quería encarnizamiento médico. Ya estaban todas las cartas echadas. Te cambié de alimentación varias veces buscando la menos agresiva, pero nada pasó. Fuiste perdiendo peso hasta quedarte casi en los huesos. Busqué otros veterinarios y hasta fui estafada por una página supuestamente homeópata. Y así fue pasando el tiempo y tu salud, mermando.

Y llegó enero, cuando suelo viajar a Bolivia. No podía dejar de viajar a ver a mi familia ya que allá la salud de los míos también está muy precaria. Eran apenas 20 días, pero fueron unos días rarunos. Yo estaba con el corazón partido: una parte estaba con mi madre y mis hermanas y otra, contigo. Una incomodidad que me impedía ser yo al cien por cien. Esquizofrenia total. 

Volví el miércoles 5 de febrero, de madrugada. Estuve unos minutos en casa porque tenía que ir a trabajar. Ya estabas muy mal. Cuando volví a las 4 casi agonizabas. Te puse en el sofá y me acosté contigo a acariciarte y a decirte cuánto te amaba (de lo cual no dudabas, me habías esperado). Éramos conscientes de que no aguantarías muchas horas por lo que decidí dormirte a las 7:30. Y así fue, cerraste tus ojos en mis brazos, rodeado de mi infinito amor.

Ahora tengo apenas una caja de madera con tu nombre en la tapa, tus cenizas en una bolsita y tu pata marcada en un trozo blanco, pero tu eterno recuerdo encerrado en mi corazón.

Tres de mis amores me han dejado en 14 meses: Manchitas, el Gordo y tú... y con cada uno siento que he perdido un mundo.

20.12.24

Sin techo

 Ese domingo frío volvía a casa con la mochila a cuestas y me estaba preparando para buscar las llaves cuando lo vi. Un sintecho había elegido la ventana de la tienda de mi edificio para pasar la noche. No se le veía en sus cabales: había bebido alcoholes al grado de no darse cuenta de lo que hacía. Se estaba acomodando para pasar la noche en el suelo pelado, tapado apenas con una sábana y con los pantalones mojados. La última imagen que guardo de él es el movimiento torpe y lento que realizó para intentar taparse el hombro derecho con un pedazo de la tela blanca. Me quedé unos minutos mirándolo antes de entrar en el portal y un estremecimiento me sacudió de arriba a abajo de pensar que en la madrugada alcanzaríamos una temperatura bajo cero y que probablemente moriría congelado. De pronto, sentí que tenía la vida de un ser humano en mis manos y que si no hacía algo por él nunca me lo perdonaría. Llamé por teléfono a mi chico y le comenté lo que acababa de ver y él me dijo que él también lo había visto y que estaba pensando soluciones, que la calle era fría para él y que no quería imaginar cómo sería pasar la noche a la intemperie. 

Confiada en que le dejaba en buenas manos y como tengo que levantarme a las 6 de la mañana, pero consciente de que el asunto había evaporado el sueño, me tomé una pastilla y me dormí, no sin antes proponer como solución subir al pobre hombre a que pasara la noche en nuestro sofá. 

Cuando al día siguiente bajaba en el ascensor para ir al curro y como no conocía el desenlace de la noche anterior, me sentía alterada, nerviosa, ante la posibilidad de encontrarlo aún allí. No estaba. Más tarde, me enteré de que mi chico había estado hasta las dos de la mañana esperando que el SAMUR social pasara a recogerlo para llevarlo a un albergue. Mientras tanto había conversado largamente con el protagonista y así se enteró que el alcoholismo lo había conducido al divorcio y a dar con sus huesos en la calle. Llevaba diez años viviendo de esta manera y cuatro días en un Madrid en el cual el invierno empieza a dar sus violentos coletazos. La noche, esa noche, tenía solución: dormiría abrigado. ¿Las demás? Es fácil imaginarlo.

Esa misma mañana, en el metro de las siete y media, poblado de curritos entre los que me encontraba, me di cuenta que los pasajeros evitaban sentarse en una zona específica del vagón. Allí dormía otro sintecho. Se lo notaba cansado, probablemente tampoco a él el frío le había dado tregua esa terrible noche. Llevaba entre las piernas una desgastada mochila, una ropa brillante de mugre, el pelo duro, la piel pegada a los huesos y las facciones surcadas como un mapa orográfico. Olía, es verdad, pero no tanto como para no acercarse. Me senté frente a él y empecé a cuidar su sueño. En las breves cuatro paradas que me llevan a mi destino, no quería que nadie le quebrara el descanso.

Ojala sólo fueran esos dos. Cada día les veo colarse como gotas de rocío entre la gente, intentando pasar desapercibidos, como si fueran culpables de algo, de ser pobres, de no tener casa, de recorrer la ciudad sin rumbo para gastar las horas, hasta llegar a la helada noche en invierno, o la calcinante acera en verano.

Por alguna razón que tendrá, imagino, una explicación, la gente se alegra cuando nieva. Soy de región tropical así que alguna vez este meteoro me provocó ganas de bailar y dar vueltas mientras los copos blanqueaban mi ropa y mi pelo. Eso fue hasta ese día en que las estrellitas blancas empezaron a caer y yo no pude terminar el estribillo ese de "ay, qué bonita que es la vidaaaa" porque lo vi: un sintecho pasaba a mi lado con su maletita a cuestas. ¿Dónde iba? Seguro que no le esperaba una casa calentita, una taza de chocolate y el mando de la tele, sino el errático deambular hasta que todo pasara.

Pienso que si cambiamos de perspectiva y lo vemos desde sus zapatos cansados seguramente no son ellos los que se han insertado de forma irregular en nuestro perfecto mundo, sino que somos nosotros los que invadimos de día unas calles que durante la oscuridad son sólo suyas y, más bien, somos los advenedizos, los ajenos, pobres criaturas ciegas, sordas y mudas. Someros.

15.8.24

Erick y el tiempo

 Nunca es fácil escribirle a los amigos que se han ido y ya tengo una edad en la que me ha tocado despedir a muchos. El lunes 5 me llamaron del hospital para decirme que habías tenido una parada respiratoria y yo ya supe (lo supe cuando vi que la llamada era a una hora inesperada) que ya nada se podía hacer por ti, por lo que no me hacía falta la segunda llamada (a los 20 minutos) para certificarlo. 

Fuimos a verte una vez más. Llevábamos nueve días tomando varios metros y un autobús en medio de la nada, de una parada que alcanzaba los 47 grados, para ir a verte la media horita que nos permitían. Era cuando yo te hablaba y te decía que te esperábamos todos, tus otros amigos gatos y nosotros. Pero media hora de amor no era suficiente para tapar todo el dolor que te provocaban las intervenciones médicas, justificables porque intentábamos todo -los veterinarios y nosotros- para salvarte. Pero tu pobre cuerpecito, invadido por sueros y sondas no pudo más. El día domingo 4 ya llorabas de dolor y no supe/no quise darme cuenta que esa era la despedida. El día lunes ya te encontré muerto. 

Mi chiquito estaba ya frío cuando llegué. Ese chiquito que había llegado hacía nueve años de manos de una amiga de Irma. Ya era gordito porque comía las sobras del comedor de la residencia de estudiantes Chaminade. Blanquito y peludito, pero lo más importante, con una impronta de humano que lo convirtió en un gato especial. A veces lo llamábamos perrigato porque tenía la mansedumbre y el acoplamiento de un perro. Siempre detrás nuestro, luego encima, o en tu cabeza, pidiendo caricias, ronroneando, siendo nuestra constante, la necesaria en la ecuación de nuestras vidas. 

Ocupabas mucho espacio, he ahí por lo cual tu ausencia es tan manifiesta. Un vacío imposible de llenar.

Me ha costado escribir esto porque a pesar de que soy de las que tiene siempre un plan B y hasta un C, no contaba con tu muerte, esperaba al miércoles porque -estúpida e ingenua de mí- juraba que ese día te daban el alta. Por eso me ha pillado con el pie mal puesto y se me han quebrado todos los huesos del alma y ya no puedo andar como siempre. Desgalichada y ausente hasta que el duelo se me haga callo.

Va pasando el tiempo y el tiempo me aleja de ti. Han transcurrido 10 días desde que te abracé por última vez, por lo que las sensaciones de tu piel, tus olores, tus sonidos, se van perdiendo entre los minutos y los segundos te van llevando a la distancia, hasta que se confundan con otros. Siendo tú tan especial, tan nuestro, te vas.

¿Dónde irá a parar tanto amor? Nuestro amor se ha quedado encallado, varado, congelado, esperando la cita fallida en una esquina, sin saber qué hacer, qué rumbo tomar. Estupefacto. 

Teníamos tanto amor reservado para ti... que no sé dónde depositarlo.

 Mi chiquito, mi gordo gordito...



 



30.6.24

Otro 30 de junio sin Lizandro

 Cada treinta de junio, desde que partiste, es un golpe con cristales rotos, un tren parado a las tres de la madrugada en un páramo frío, una tentación de volar al vacío, un sinónimo de ausencia, soledad, nostalgia.

Son nueve ya. Y en todos estos años, tu recuerdo ha sido constante e imborrable, como si el tiempo, lejos de borrarte, se empeñara en traerte cada día. Y es que cuando has amado a alguien, el amor se mantiene imperturbable, a pesar de las separaciones. 

Y yo te hablo y te pido favores, porque siento que estás conmigo. Tal vez sea una manera de mantenerte vivo, no lo sé, pero me ayuda a conjurar otras ausencias. Ya sabes que no creo en santos ni aparecidos, pero sin embargo, en esos momentos en que necesito un ángel que proteja a mis bienamadas, te hablo y te digo: querido Lizandro, cuídalas.

Dice Jeff Dune, doctor en física nuclear, que existimos más allá de lo físico, que la noción del tiempo y el espacio son solo herramientas que nos ayudan a dar sentido a nuestras experiencias, pero que el Yo no está limitado por el tiempo, que hay evidencias de que la conciencia no es el resultado de la forma física, que la conciencia no depende de lo físico para su existencia. Y que es algo que dice la física moderna.

Mira tú, los budistas lo sostienen desde hace milenios, y Brian Weiss, lleva lustros desde la psicología diciendo lo mismo. 

Esto para decirte que, tal vez algún día nos volvamos a encontrar. Finalmente, todos vivimos camino del cementerio, como dice la canción.

En el mientras tanto, este domingo triste y nublado, mi corazón se esparce desordenado, sin voluntad de recuperarse...

Este domingo triste pienso en ti dulcemente
y mi vieja mentira de olvido, ya no miente.

La soledad, a veces, es peor castigo...
Pero, ¡qué alegre todo, si estuvieras conmigo!

Entonces no querría mirar las nubes grises,
formando extraños mapas de imposibles países;
y el monótono ruido del agua no sería
el motivo secreto de mi melancolía.

Este domingo triste nace de algo que es mío,
que quizás es tu ausencia y quizás es mi hastío,
mientras corren las aguas por la calle en declive
y el corazón se muere de un ensueño que vive.

La tarde pide un poco de sol, como un mendigo,
y acaso hubiera sol si estuvieras conmigo;
y tendría la tarde, fragantemente muda,
el ingenuo impudor de una niña desnuda.

Si estuvieras conmigo, amor que no volviste,
¡qué alegre me sería este domingo triste!

José Ángel Buesa

 


27.6.24

No, no basta

Hace unos años, cuando vivía en Santa Cruz, escribía en un suplemento del periódico local El Deber. Me había presentado a las oficinas del director del suplemento y sin conocerlo lo convencí de la necesidad que él tenía de que yo escribiera para el semanario. Iba con la seguridad que impone la juventud y lo convencí. Teníamos nuestros más y nuestros menos porque me gustaba polemizar, a veces mucho. Un día, me dijo que mi problema era que yo veía a colores y que los demás lo hacían en blanco y negro. Lejos de molestarme, me pareció el mayor elogio. Y me lo creí. Y por ello, anduve a partir de entonces creyéndome un pelín mejor que la gente común, esa que no se fija en lo que ocurre alrededor y para lo cual pareciera que yo tengo antenas. Camino de forma consciente y usualmente no dejo que los pensamientos me absorban de modo que no capte lo que sucede alrededor. Bueno o malo, así soy y así voy por el mundo.

Hace un par de días, fui a recoger unas rueditas de una maleta que pretendía arreglar, antes que comprar una nueva (el planeta ya no aguanta tanta renovación así que me planteé la antigua práctica de la reparación), en un barrio lejano al mío, Legazpi. Bajé del metro y cuando caminaba por la calle Delicias, la vi, una pequeña urraca que había caído del nido o que no había aprendido la lección diaria de vuelo. Intenté cogerla y cometí el error de involucrar a dos personas, majillas pero inexpertas. Hice mi cálculo mental de que si la cogía en ese momento, ya no podía ir a buscar las rueditas. Pensé primero en mi comodidad, no en la suya. Inmediatamente pedí ayuda al grupo que tengo de defensa de aves y me dijeron que cerca había una persona. Fui a recoger las piezas y, a la vuelta, me encontré con una de las personas a las que había alertado inicialmente sobre el pájaro y éste me dijo que la mujer (que me había ofrecido un jersey para atraparla), la había cogido pero que el animal se había escabullido. Me puse a buscarla debajo de los coches y nada. Del grupo de pájaros me dijeron que hiciera un vídeo y se los mandara, que había alguien a cinco minutos de allí. Yo estaba agachada mirando bajo los coches con el teléfono en ristre para filmar y, cuando levanto la cabeza, la veo, en medio de la carretera, completamente aplastada.

Confieso que inicialmente, sentí alivio, mi vida volvía a su sitio. Pero con el paso del tiempo empecé a sentirme mal: por un breve instante, la vida de ese ser estuvo en mis manos y por un absoluto individualismo, comodidad de mi especie, había dejado que muriera. Esa presunta superioridad moral se iba por los suelos. No, no soy tan buena como pensaba, soy como todos los demás. Y es que puedes ver a colores, pero lo que importa es que tomes el mando en tus manos y hagas, hagas algo para salvar la situación. 

Y es que la inmensa mayoría ven en blanco y negro. Yo una de ellas, aunque por instantes, breves instantes, vea a colores, pero me temo que para los que necesitan una mano eso es algo puramente testimonial. No les basta.

20.6.24

Jeremías y el fin de ciclo

 Cuando era niña, como todos los chiquillos de mi edad, también quería ser astronauta. Salvo médica y abogada o matarife, creo que he soñado ser todas las profesiones y oficios. Sin embargo, lo que más me hubiera gustado era ser ingeniera constructora de puentes. Tanto me gustaban que, cuando salía al campo, solía buscar terrenos aptos para hacerlos y los construía con vías de tren, estaciones e incluso túneles. Metáforas vivas, los puentes.

Cuando llegué a este nuevo trabajo cambié el objeto de mis amores y de los puentes pasé a los faros, que también se usan ampliamente como metáforas. Y allí estabas tú, arrinconado sobre una simple mesita, expuesto a todo. La primera vez, me acerqué timorata, pensando que por ahí había una persona cuidándote y que tal vez me llamaría la atención. No había nadie. Así que te acaricié, toqué tus lentes, esos maravillosos cristales, entorné las puertitas. Te miré acullí, acullá. Y, como es natural, te hice cientos de fotos. A partir de entonces, una vez controlado el laberinto de pasillos de un edificio que parece el hotel donde se filmó El Resplandor, intentaba visitarte a menudo. Hasta que un día desapareciste y sentí una profunda saudade. Pensé que te había perdido. El mismo día, al volver del café, te pude ver a la distancia. Alguien había pensado lo mismo que yo, que eras muy valioso, relevante, y decidió darte un lugar más adecuado y te pusieron justo antes de la entrada al despacho del ministro. Te puso en valor (aunque, confiesa, te sentirías mejor en mi casa), instaló una luz interior y un reflector que te apunta estratégicamente y que te convierte en el centro de atención, cuando la gente es capaz de captar tu belleza.

Los edificios donde se sitúan los ministerios suelen guardar tesoros: muebles antiguos y objetos varios. Son como museos abiertos y dispersos, de tal manera que si alguna vez sientes el deseo de tocar uno de ellos (algo imposible en un museo donde, si pudieran, te cortan la mano si lo intentas), aquí están expuestos, libres y acariciables. Pero lo que he notado es que son invisibles. La gente pasa a su lado sin notarlos apenas, mucho menos tocarlos. Pasa con Jeremías, mi faro. Cuando comento de su existencia, nadie lo conoce. Por ello, hago visitas guiadas (por mí), a todos los amigos, amigas, parientes que quieran verlo, para que la gente no crea que exagero. La posibilidad de acceder a esta belleza al alcance de tu mano es coma cero, siempre tan distantes, tan ajenos, incluso para la mirada.

Por eso, hasta te puse nombre, Jeremías, porque lo que no se nombra, no existe. Un tesoro sólo mío.

Pero llegó el momento de partir. Fin de ciclo. Fundido a negro.

Extrañaré a las gentes, mi ventana con vistas al jardín y a la Castellana, estas madrugadas oscuras, este sol potente hasta llegar al metro. Pero indudablemente, lo que más extrañaré será verte y saber que unos pisos más abajo, como estrella de la madrugada, estás esperando que alguien te adore. Tal vez, me esperas a  mí, tu firme admiradora.

Cosa rara esto de los enamoramientos y es que hasta un faro inalcanzable, invaluable, puede ser objeto de la más profunda atracción y luego, inesperada nostalgia. Farewell my friends, farewell my lighthouse´s lamp.


 


12.6.24

Aquella arista vacía

Ayer volví por esa calle en la cual vivías. No suelo pasar mucho por allí. Cuando salgo del ascensor del metro, suelo ir por Cea Bermúdez, pasar delante del moderno edificio de los teatros del Canal e ir directo a mi calle. Pero ayer, como el sol me daba de frente, decidí ir por Bravo Murillo y pasar por donde vivías. Ciudadano sin techo, habías elegido esa arista decorativa inútil diseñada por el arquitecto Baldeweg y que tú convertiste en provechosa montándote una entrañable casita.

No sé cuándo empezó tu labor de hormiguita (ya lo he dicho, suelo ir poco por esa vía), pero como si retaras a una cigarra, fuiste recogiendo aquello que deshecha la sociedad cuando decide modernizar su casa. Durante años fuimos viendo que tu hogar iba tomado forma, le pusiste techo y paredes de plástico. Un sillón en el que te sentabas a leer, una mesita, un florero y, si hubieras conseguido luz con células fotovoltáicas, probablemente le habrías puesto también una lámpara. De no ser por la realidad que imponíamos los viandantes, podría pasar por el escenario de película con luz natural. 

Lamento mucho no haber hecho un reportaje fotográfico porque lo cierto es que hubiera valido la pena ver ese cariñoso proceso hasta culminar en ese chalecito improvisado en pleno barrio de Chamberí, pegado a la pared de uno de los teatros con mayor solera de esta ciudad.

Pasaron años. Incluso la pandemia te pilló allí. Y lo peor, la nevada Filomena, esa que tanto alegró a los niños y que a mí me amargó al pensar que los que vivíais en la calle, humanos y animales, estaríais congelados. Esos días, que yo andaba con la pala al hombro, intentando salvar a mis gatos callejeros, cual enanito de Blanca Nieves, pasé todos los días al lado de tu cabañita, más propia de la montaña canadiense.

Sobreviviste a eso. Pero hace unos meses, volví a pasar y se habían llevado todo. Pregunté qué pasó y nadie supo darme noticias de lo sucedido. Sólo que habían puesto unas cercas alrededor como para evitar que volvieras.

Ahora está impoluto, como lo tenías tú con esa escoba siempre presente. Pero falta tu humanidad. Seguramente alguien pensaría que no era sitio para que alguien lo habitara, que no daba el pego con tanto boato. Y es que esta ciudad, que cada día se convierte en una oferta turística más que en una solución habitacional, un gran bar, hotel, casino, burdel europeo, no acepta ya que queden rasgos a la vista de esa pobreza siempre presente. Mejor ocultar que solucionar. Mejor vender que conceder gratis. Mejor aparentar que ser. La hipocresía normalizada de estos señores que gobiernan la ciudad.

Qué banco te albergará, qué calle te acunará, qué objetos se pegarán a ti, qué gentes te asumirán...

Mientras tú pateas otras calles, esa arista vacía te extraña, está cada día más gris, más fría, más pobre... Más sin ti.

12.4.24

Entre tú y el Ché - seis grados de separación

 

Como desde hace unos 5 viajes, solemos reunirnos los tres en una distendida cena en algún restaurante de nuestra ciudad, Santa Cruz. Amigos desde los 13 años pero con un largo paréntesis de esos que se inauguran cuando te casas, tienes hijos y formas una familia, para luego retomar las viejas y esenciales amistades, resultado del perdón de la parca, que nos permite aún gozarlas; recuperamos la relación con fuerza y voluntad de mantenerla todo lo que dé el cuerpo.

En esta cena, que se va alejando ya de la memoria, pisoteada por la cotidianeidad española, ambos me contaron su relación con el Ché.

Ahora que se ha convertido en un trago, merced de aquel político diletante que ahora se dedica a la restauración después de haber fracasado en sus intentos de alcanzar los cielos desde Madrid, el Ché siempre ha acompañado a los bolivianos de mi generación porque fue parte de nuestra cultura, tanto como la es de los cubanos y menos de los argentinos. Cada uno de nosotros tiene una historia que contar, pero a mí me gusta usualmente demostrarle a la gente que aquella teoría de los seis grados de separación se cumple a rajatabla con este personaje. Suelo decir entre tú y el Ché estamos tú, yo, mi amigo Garicito, su padre el General Prado que fue el que lo detuvo y el Ché, en total cinco grados.

Habiendo vivido en Cuba, mis anécdotas sobre el Ché pueden ser numerosas dado que en la Facultad de Economía de La Habana, que es donde estudié, solía haber un día (no recuerdo la fecha con precisión) en el que nos reuníamos docentes y alumnos y algún personaje que hubiera estado cerca, para contar aspectos de su vida. Tal era la veneración por este hombre en esos años en los que parecía que el comunismo siempre iba a mejor. 

Pero de lo que me enteré aquella noche es de lo cerca que estuvieron mis dos amigos del Ché, más que de él, de su cadáver. Ellos eran unos niños que vivían en el pueblecito protagonista del fin de la guerrilla y a donde llevaron los cuerpos de todos los guerrilleros para ser exhibidos como trofeos y alrededor de los cuales los habitantes de Vallegrande irían a caminar cual procesión secular. 

 

Tenía los ojos abiertos, me dijo Musa, en esa evocación de niño de entonces que, a diferencia de los actuales, sí veía cadáveres. No como los niños de ahora que son ultraprotegidos y no tienen esa relación cercana con la muerte. Adru, mi otro amigo, también había ido, especialmente porque su casa era al lado y bastaba saltar la tapia. Impresionaba, claro que sí. Si es que sólo la foto ya lo hace.

Ellos tenían la necesidad de contarlo. Tantos años de relación y nunca habían querido hacerlo, tal vez porque sumidos como estamos en la vida diaria estas cosas que son fundacionales van quedando en la base pero que algún día tienen que brotar y lo hacen, por ejemplo, en una noche tropical entre tragos que se llaman simplemente mojito sin apellido y sin rimbonbancias absurdas.

Consiguieron lo contrario, me manifestó Musa para terminar, si querían que sintiéramos rechazo, fue lo contrario. La gente salía de aquella morgue improvisada con la impresión de haber visto a Jesucristo después de su descenso de la cruz.

Errores de estrategia, que se dice... y es que esta gente era y es así de burda.

Soledades y elecciones

 Le sucedió a la amiga de una amiga mía. Vicenta llegó a Madrid en uno de esos vuelos que llegaban de Bolivia con mujeres y hombres en busca...